El zurdo más famoso de Roma

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Si han existido zurdos famosos en la historia, quizás no lo han sido de manera tan especial para mí como el romano Cayo Mucio Escévola (en latín, Gaius Mucius Scaevola). Su sobrenombre, Escévola, significa «el zurdo». Y por supuesto que no lo apodaron así porque fuese un partidario del comunismo, ni de izquierdas, ni el Che, ni de PODEMOS, ni mucho menos simpatizaban con Corea del Norte. En la Antigua Roma, el comunismo, básicamente, no existía, aunque se repartieran algunos beneficios en concreto, la sociedad era lo contrario al socialismo: todo era más liberal y capitalista. Cayo fue otro de los héroes legendarios que tuvo Roma y que dan pie a esta entrada en mi blog. –Pero, ¡espera! ¿quién demonios éste este tal Mucio Escé… qué? Le dicen Escévola, Escévola… pero en latín se pronunciaría eskevola, aunque amablemente me referiré a él como el zurdo o simplemente por su nombre, Cayo. El zurdo fue uno de los tantos héroes legendarios de la Antigua Roma. Se le puede ver en una decena de pinturas, esculturas y está presente en la historia romana escrita por Tito Livio, Ad Urbe Condita.

Los Mucios, la línea familiar del zurdo, fueron una familia noble de Roma. Eran, como suelo destacar en este blog, una familia de patricios y aunque eran los nóbeles de la época, con el tiempo terminaron por hacerse plebeyos. No fueron conocidos en la historia romana sino hasta que Cayo decidió jugarse la vida y quedar inmortalizado en los anales de la ciudad. ¿Pero qué cojones hizo Cayo, digo, «el zurdo» para llevarse tales honores? Bueno, su historia comienza justo luego del relato de Horacio Cocles, cuando la ciudad de Roma era sitiada por otro gran ejército, un ejército etrusco.

El primer asedio de Roma

Todo comenzó luego de la hazaña realizada por Horacio Cocles en el puente Sublicio, que curiosamente es el primer puente que tuvo Roma y en donde, él solito, detuvo a todas las fuerzas del rey etrusco Lars Porsena por unos momentos mientras sus compatriotas por detrás derrumbaban el puente, ganándose la eterna fama de salvador de la ciudad. Caído el puente, Porsena ya no podía atacar Roma con facilidad. Tenía un río por delante, murallas y colinas que impedían un ataque directo. Y aunque existieran todas estas barreras, el rey no se deprimió por no poder atacar directamente y cambió su estrategia de ataque por una de asedio.

Cabe destacar que Porsena estaba sorprendido con el resultado de su incursión en territorio romano. Primero, la excitación de ser el salvador de un estado liderado por etruscos le ponía mucho. Tarquinio había influido en él bastante, sobre todo, para dar ejemplo de que expulsar un rey en pos de la libertad no era el mejor ejemplo a seguir. Por eso Porsena aceptó ir a batallar contra Roma. Segundo, porque derrotar a Roma era lo que cualquier líder de la península itálica fantaseaba. Durante doscientos años Roma fue una máquina de ganar batallas. Muchos creyeron que los dioses estaban del lado de los romanos, sin embargo Roma se ganó a pulso su historia, como se demuestra en libros y hechos que todavía se pueden admirar en pie, como los son sus soberbias construcciones, el lenguaje y muchas costumbres. Pero a Porsena le traían floja las construcciones, el habla y las costumbres. La tercera razón por las cuales sospecho que iba a Roma era por otra cosa más interesante: el botín. Oro, Plata, Cobre, Bronce, armas, caballos, armaduras, grano, todo. Todo eso contaba mucho para Porsena aunque no se destaque en los libros, el botín era suculento porque Roma había despojado a decenas de ciudades sus riquezas y aunque en la cabeza de Porsena estaba la promesa de la devolución de Roma a Tarquinio es probable que si ganara, a Tarquinio no le quede otra que callarse la boca, mirar hacia abajo y aceptar la supremacía del nuevo rey.

El asedio para los ciudadanos romanos fue duro, muy duro. Pero los romanos tenían una fe ciega por defender su libertad. El rey Porsena distribuyó casi todas sus fuerzas por el territorio romano, capturando cada nave, cada convoy que intentara llevar comida a Roma. En poco tiempo los alrededores de Roma se llenaron de bandas de saqueadores, que actuaban con total impunidad. Esta desventaja, sin embargo, según Tito Livio era una estrategia de los romanos:

En poco tiempo hizo tan inseguro el territorio alrededor de Roma que no sólo se abandonaron los cultivos, sino que incluso todo el ganado se llevó dentro de la Ciudad y nadie se aventuraba a salir más allá de las puertas. La impunidad con la que los etruscos cometían sus robos se debía a una estrategia por parte de los romanos, más que al miedo. Pues el cónsul Valerio, decidido a obtener una oportunidad para atacarles cuando estuviesen dispersos en gran cantidad por los campos, permitió que saliera ganado a forrajear mientras él se reservaba para un ataque mayor.

De esta forma, los romanos iban derrotando poco a poco a los saqueadores etruscos que, llegado un punto, dejaron de serlos. Igualmente en este punto, el asedio estaba lejos de terminar y en Roma el precio del grano estaba por las nubes y la ciudadanía estaba comenzando a hartar. Viendo esta situación, un joven patricio llamado Cayo Mucio se vio invadido por la rabia, ya que consideraba una terrible vergüenza que Roma, que nunca antes había sido sitiada ahora lo estuviera y, para peor, por ciudades a las que había derrotado antes en batallas. Para dar fin a esta desdicha, urdió un plan para acabar con esta guerra matando al rey Porsena.

Matemos al rey

Poca cosa es el cuerpo, para quien sólo aspira a la gloria.

Muerto el perro se acabó la rabia fue la solución que el zurdo había pensado: entrar al campamento etrusco, acercarse al rey y matarle. El problema, el territorio romano estaba vigilado por el enemigo pero también por sus compatriotas. Una salida de la ciudad podría interpretarse como deserción y eso conllevaría la pena de traición que, por cierto, debido a la situación que estaban pasando no sería muy difícil de probar, por lo que perdería su cabeza a manos de un lictor para ser el ejemplo de lo que le esperaría a cualquier romano que osara escapar aunque sea de broma y una encima, para el colmo, la eterna desgracia para toda su familia y descendientes. Es por esto que el zurdo decidió ir primero a la curia, para exponer su audaz plan ante los cónsules:

«Me gustaría», dijo, «Padres, atravesar el Tíber a nado y, si puedo, entrar en el campamento del enemigo, no como un saqueador sino para castigarles por sus pillajes. Estoy proponiéndoos, con la ayuda del cielo, una gran hazaña.»

En esos días el Senado estaba lleno de personas que buscaban tanto ofrecer soluciones como para escucharlas. Luego de la hazaña perpetrada por Horacio Cocles y la liberación de Bruto, Roma era un caldo de gente con ambición, digamos, un poco suicida. El zurdo fue el primero de los tantos que se ofrecían para salir a matar a cuantos enemigos pudiesen. El Senado consideró esta opción, ya que el asedio empezaba a afectar severamente al pueblo. Es así como se dio la aprobación a Cayo Mucio Escévola para cruzar el río, entrar en el campamento y asesinar al rey, a la vista y, si el padre Júpiter lo consideraba un hijo digno, le devolvería con vida a la ciudad que lo vio nacer.

Armado sólo con un puñal, una túnica normal y una capa, el zurdo salió rumbo al campamento de Porsena. Para ello, primero tuvo que sortear la salida de las murallas y cruzar por algún punto del Tíber más abajo de la Isla Tiberina para poder internarse en el campamento ubicado cerca del Janículo. La determinación de el zurdo era clara: entrar al campamento al atardecer donde no pudiese llamar la atención y localizar la tienda del monarca para así poder matarle de una certera puñalada. Una vez hecho esto, intentar escapar pero si la posibilidad era nula, quitarse la vida estaba entre sus intenciones. Así es como Cayo seguramente pensaba camino al campamento.

No le costó nada llegar campamento de Porsena sin ser avistado por las continuas patrullas de bandidos etruscos y latinos. Una vez en los alrededores, el campamento etrusco estaba sin demasiada vigilancia, producto de la comodidad de ser de la facción que domina y aterroriza, pero esta ventaja le dio al zurdo la posibilidad de divisar la tienda del monarca y dirigirse allí. Pronto, ya dentro del campamento, con ayuda de su capa, el zurdo se dio cuenta que se mezclaba bien con los etruscos, que lo tomaron como uno de ellos y le ignoraban. Nadie sabía de sus intensiones ni del puñal que llevaba bien escondido en su túnica pero si hubo algo de fortuna a su cometido fue que esa misma noche todavía se estaban pagando a los soldados. El zurdo agradeció a Júpiter Máximo tal regalo así que formó en la fila, sin mantener conversaciones con nadie.

Mientras las ansias crecían en su interior, la gloria de servir a su país le enorgullecía, hasta el punto de estar feliz por su cometido. Ser mártir sin dudas fue lo que le hizo sonreír y se habrá dicho a sí mismo que él sería el ejemplo entre sus patriotas. Dos guardias a la entrada le frenaron el paso, haciéndole señas de esperar, dentro apenas se divisaban formas humanas, envueltas en togas y capas. Un soldado con cara alegre salió por la carpa del rey, haciendo saltar una pequeña bolsa de cuero en su mano derecha, y luego, llevándola a la seguridad de su túnica y el zurdo no pudo evitar mirarle irse, momento que los guardias tomaron a éste por los brazos y lo empujaron dentro del tienda. El zurdo hizo un intento de lucha, pero los guardias lo dominaron bien. Estaban acostumbrados a lidiar con soldados de todo tipo, así que un jovenzuelo no les iba a provocar mucho problema.

Una vez dentro de la tienda, todo se volvió confusión. Pocos romanos conocían a Porsena de vista. Es verdad que aquella época, sólo por su forma de vestir, hablar, esculturas y algún que otro mural era casi imposible identificar a alguien. No había ni periódicos, ni televisión, claro, y mucho menos los reyes de Clusium se hacían selfies. Este detalle puso nervioso a Cayo que a medida que entraba en la tienda, diferentes funcionarios etruscos le empujaban hacia lo que era una zona central. En esa sala de la tienda, varios personajes estaban bien vestidos. Y como Cayo no estaba al tanto de la moda etrusca de los nóveles no supo quién de todos era el verdadero el rey. Resulta que en la mesa había una persona, bien arreglada, que no paraba de despachar pagos y usaba su sello. Cayo tuvo miedo de preguntar si era el rey, ya que eso podría levantar sospechas, así que decidió clavarle el puñal en el pecho matando así al secretario en lugar de al rey. Pronto al darse cuenta de su error intentó escapar, blandiendo su puñal, pero fue reducido rápidamente por guardias reales. Fue llevado ante el rey, que estaba atónito por la escena.

El zurdo sabía que estaba acabado. Así que todo miedo desapareció de su cuerpo y usó esta carencia de miedo como fuerza. Con una mirada desafiante, solo y desamparado a la merced de su peor enemigo, el zurdo inspiraba miedo en los etruscos:

“Soy un ciudadano de Roma”, dijo, “los hombres me llaman Cayo Mucio. Como enemigo, quería matar a un enemigo, y tengo suficiente valor como para enfrentar la muerte con tal de lograrlo. Es la naturaleza romana actuar con valentía y sufrir con valentía. No soy el único en haber tomado esta resolución en tu contra; detrás de mí hay una larga lista de aspirantes a la misma distinción. Si es tu deseo, prepárate para una lucha en la que habrás de combatir cada hora por tu vida y encontrar un enemigo armado en el umbral de tu tienda. Esta es la clase de guerra que nosotros, los jóvenes romanos, te declaramos. No temerás las formaciones, no temerás la batalla, es sólo cosa entre tú y cada uno de nosotros”

El rey, atómico e iracundo exigió a Cayo Mucio que le contara con detalles toda la conjura en su contra o de lo contrario, en vez de decapitarle, como era habitual, le quemaría vivo. El zurdo ni se inmutó ante semejante amenaza y prueba de ello fue su reacción. «¡Mira!», gritó el zurdo al rey con su mano derecha alzada, «¡y aprende cuán ligeramente consideran sus cuerpos aquellos que aspiran a una gran gloria!». Entonces metió la mano que había blandido el puñal y todavía estaba manchada con sangre en un brasero que estaba cerca del altar. Mientras su mano se quemaba y el olor a carne chamuscada inundaba el ambiente, la expresión de el zurdo era inexpresiva, como si estuviese desprovisto de toda sensibilidad. El rey se quedó boquiabierto y no daba crédito a lo que presenciaba. Ordenó que le quitaran del altar y tocado por tal suceso, le perdonó la vida.

A los pocos días, Lars Porsena, rey de Clusium, firmaba un tratado de paz con Roma y se retiraba, poniendo fin a una larga serie de conflictos entre estas ciudades potencia. No era el fin de la guerra, pues Roma vivía y estaba acostumbrada a estos conflictos, pero el asedio fue el golpe duro que nunca más olvidarían ni tampoco subestimarían. La fortuna de Cayo Mucio fue grande y durante toda su vida, el pueblo romano admiró a tal héroe, apodándole el zurdo por haber dado su mano derecha en servicio a su patria.

Esta entrada fue escrita por @minid un . Minid.net es un blog escrito por Diego Martín Lafuente, diseñador, tecnólogo, hacker, La Ira de Khan y Lead Designer en Notegraphy. Las opiniones aquí vertidas son exclusivas del autor del blog y no representan la de ningún otro relacionado.