Al vencedor, los despojos

D·M·Lafuente·Scripsit·Date·04/06/2015

Vetio Mesio, un general volsco osado y temerario, volvía de la primera línea, rechazando estocadas y embates. Sus soldados le abrieron paso y cerraron la línea manteniendo a los legionarios romanos a raya. Una vez detrás de sus cohortes, bajó su guardia y la de su espada. Su respiración era forzada y la realizaba con su boca, soltando escupitajos; sus piernas parecían que en cualquier momento iban a estallar. Para respirar mejor inclinaba levemente su cabeza hacia atrás. Mientras el oxígeno le volvía a los pulmones y le aclaraba los sentidos, delante suyo veía una imagen aterradora. Sus soldados caían de a pares a cada minuto que pasaba. Se miró los pies, que estaban cubiertos de barro, sangre. Su brazo derecho tenía incontables tajos. ¿Eran 20 o 30? Ya no importaba. En su cara sentía todavía el ardor de una estocada mal dada. Viendo que la batalla contra el dictador romano Aulo Postumio Tuberto y el cónsul Tito Quincio, estaba totalmente perdida, miró al cielo y maldijo a los romanos y a su divina suerte. Decidió que «hoy no iba a morir» y menos en vano. Algo se debía hacer.

Ambas líneas de los ejércitos se separaron casi al mismo tiempo, se notaba el cansancio y el griterío, la mayoría, insultos de todo tipo. Algún romano salía de la línea y se adelantaba un poco, provocando al resto de volscos pero era pronto reprendido por su centurión al mando. Las líneas romanas se estaban reorganizando para realizar otra carga. Mesio, aunque de procedencia humilde pero no falto en valor, tenía que demostrar su entereza ante la situación para que el pánico no se propagase. Volvió a erguirse y gritando a sus soldados les dijo:

Tendréis que construir el camino con la espada. Seguidme por donde yo vaya. Los que tengáis la esperanza de volver a vuestras casas, con vuestros padres y mujeres e hijos, venid conmigo. No es una muralla ni una empalizada lo que tenéis enfrente; a las armas se les enfrenta con las armas. Los igualáis en valor, pero los superáis por la fuerza de vuestra necesidad, que es la última y más grande de las armas.

Así fue como Mesio y su cohorte cargaba sobre la línea de legionarios del cónsul Quincio que estaba debilitada por los combates, con un feroz grito de guerra, rompiendo la cohorte romana con una increíble temeridad, los soldados volscos pasaron de largo entre una lluvia de jabalinas, espadas y romanos. Los primeros en atravesar el muro de espadas se encontraron con un panorama aún más desolador: las montañas de volscos muertos, lanzas, espadas, estandartes y escudos que los romanos habían dejado a su paso. Cientos de soldados volscos mutilados yacían en el suelo, algunos reconocidos familiares o amigos. Aunque les embargaba la tristeza, la escena era la mejor forma de recordarles que quedarse en el lugar significaría quedarse ahí para siempre. Era huir sin mirar atrás. El suelo tampoco acompañaba, estaba inundado de sangre, dificultando la retirada y el olor a carne junto con la nube de polvo hacían la travesía un martirio. Algunos resbalaban y eran alcanzados por legionarios, que le daban muerte rápida. Nada importaba ya, ni el botín prometido, ni el valor de la patria volsca, ni los aliados hérnicos. La sed por vivir era mayor que cualquier cosa.

Una vez atravesado el mar de cuerpos, el grupo de volscos llegó a su campamento fortificado sufriendo terribles bajas. Ya dentro, Mesio reunía lo poco de su cohorte y trataba de motivarlos como podía. Sus soldados estaban agotados, desmoralizados y algunos eran presa del pánico. Un soldado maldiciendo a Roma, se desajustaba su peto y al acto seguido se tiraba sobre su propia espada para quitarse la vida como lo hacían los guerreros. Una vez la espada estaba dentro de su cuerpo, su sangre manaba de la boca a borbotones, mientras seguía profiriendo insultos. Mesio tenía que volver a sacar a su cohorte del miedo y evitar una rendición. Pero ya no quedaban muchos planes efectivos. El cónsul Quincio llegó al campamento ordenando a sus soldados a formar y prepararse para la toma del mismo. Por la retaguardia del campamento, el dictador y sus legiones cerraba toda posibilidad de escape. No pasó mucho tiempo hasta que el cónsul ordenara el ataque, y para que fuera efectivo, lanzó el estandarte de la legión dentro del campamento. Sus hombres enloquecieron al ver la imagen de su preciado símbolo, entregado al enemigo. El primero que recuperara el estandarte se aseguraría una condecoración y eterna gloria. En cambio si el enemigo se hacía con el mismo y lograba escapar la vergüenza sería insoportable. En unos pocos minutos el campamento ya era asaltado con una furia indescriptible. Los volscos al ver que no quedaba otra salida empezaron a lanzar sus armas al suelo y a rendirse. El destino de Mesio quedó como un misterio: no se encontró su cuerpo ni dentro ni fuera del campamento.

El botín

El proceso de botín era todo un acontecimiento en la legión romana. Había varios tipos de sistema de despojo y todo dependía del comandante al mando. Si la batalla era la toma de un campamento, el botín por lo general iba a los soldados. Éstos enloquecían cuando el general les decía «si capturáis esa ciudad, será vuestra, junto con todo el botín que hay en ella». El vil metal lo podía con todo. El cansancio se iba del cuerpo y el miedo a perder la vida en el asalto, también. El botín era ante todo, la principal razón por la cual los ejércitos operaban. Era la forma más común de «hacerse el Agosto» de cualquier romano y la forma más común de que los adinerados Patricios consiguieran más influencia en el pueblo y, dinero, claro, que por el amor al arte nada hacían.

Tito Quincio no quería esperar, pero como cónsul no tenía demasiada autoridad. Ese derecho de mandar lo tenía el dictador Postumio. Ni bien la tropa acorralaba y juntaba a todos los prisioneros de guerra que habían depuesto las armas, se hizo una plaza en medio del campamento. Todos los soldados gritaban el nombre del dictador, lo cual ponía en un pedestal aún más alto por el premio que iba a otorgar: botín para sus soldados. Se bajó de su caballo y alzando la mano derecha a modo de saludo pidió silencio. Acto seguido, dió un discurso, de agradecimiento al valor de los soldados que lucharon e hicieron posible la victoria. Al terminar el discurso, grito la frase: «Victoribus spolia!»1 y el clamor de los soldados se hizo notar. Se procedió a lo típico de siempre: despejar el área de despojo y armar un yugo, con jabalinas, por el cual pasarían todos los volscos. Antes de pasar por el yugo, se hacía la selección de los prisioneros. Aquellos con rango senatorial o de noble cuna, pos identificación, eran liberados por dinero. Pedían rescate por ellos. Casi siempre se pedían túnicas para sus soldados, más un equivalente en paga de un año por todos los prisioneros de alta cuna. El resto, se les despojaba de todo menos de una prenda de ropa. Ningún soldado estaba autorizado, por mucho rango que tuviera, a quedarse botín por cuenta ajena. Si por alguna razón, descubrían que te habías quedado algo, una daga, una bella espada, un collar, corrías el peligro de ser azotado hasta la muerte. Habían excepciones, claro, como por ejemplo, ganar un duelo suponía el derecho de despojar al vencido y era llamado spolia opima2, como fue el famoso caso de Tito Manlio Torcuato. Pero cuando se trataba de una ciudad o de un campamento, la cantidad de botín debía ser repartida con equidad.

El proceso era meticuloso y bien organizado. Sacaban a varios del grupo de prisioneros y entre 50 o 100 legionarios les esperaban alrededor de varias montañas diferenciadas por naturaleza que iban creciendo a medida que los prisioneros eran despojados. En estos montones se podían reconocer espadas, lanzas y dagas. En otros, escudos, armaduras y ropa. Cada grupo que avanzaba se dejaba despojar por los legionarios, que al terminar guiaban a los vencidos a empujones hacia otro grupo mientras otros llevaban cada cosa a su montón. No les quedaba nada encima a los volscos. Eran inspeccionados y despojados por 2 o 3 legionarios, quitaban todo: anillos, collares, cintos, hebillas, pulseras, sandalias. Cualquier metal pequeño, como incluso, monedas o piedras eran depositados en canastos varios o arcones. Las bocas también eran revisadas, porque ahí solían guardarse anillos y otras joyas. Los prisioneros quedaban desnudos y se les devolvía una prenda de ropa, así caminado siempre en dirección al yugo, donde las autoridades inspeccionaban el pase de cada prisionero. Los estandartes estaban en alto y a la vista de éstos, para que recuerden quienes les han vencido.

El dictador no se conformó con despojar a cada prisionero, ni tampoco haber despojado a los que iba a devolver gracias a la recompensas. El dictador exigió que se revisara el campamento entero, cada choza tirada abajo y nada debería quedar en pie. También la orden se extendía hasta un gran radio del campamento volsco. Todo el campo de batalla, cada muerto, debía ser despojado. Todo lo de valor, a los montones. Los animales de transporte, asegurados, al igual que los valiosos caballos. Cada caballo valía una fortuna. Nada debería quedar perdido y todo se contabilizaba. Se contaban todas las cantidades, se pesaban también y se hacían mediciones en cantidad de carretas y mulas.

La subasta

Cuando ya estaba reunido y contabilizado el botín, se hacía el reparto entre toda la tropa. Pero no de absolutamente todo el botín, claro. Gran parte de este botín se lo llevaría el dictador. El resto, sería para exhibición en el triunfo que le esperaba. El dictador Postumio tenía buena cara cuando vio las mulas y la columna de legionarios partiendo en dirección en Roma. Una carta de felicitación y la autorización para entrar en la ciudad como triunfador estaba en su mesa de operaciones. Sentado en su silla curul, el dictador despachaba instrucciones antes de su partida. El cónsul Quincio, notablemente amargado por su debilidad y mala fortuna en la batalla y por no haber derrotado primero al ejército que tenía en su ala le suponía una enojo y una decepción considerable. Estaba callado y serio. Pero si eso no era suficiente, tenía que quedarse con una guarnición en el campamento y esperar a que terminara la campaña contra los volscos y los ecuos. Ningún esfuerzo hecho en la batalla, ni el estar vivo le puso contento. La gloria se la llevaba otro y él no tendría otra oportunidad igual en unos cuántos años.

El dictador antes de partir, fue hasta un montículo grande de despojos seleccionados y clavando un hasta3 en cada lado dio a entender que esa montaña se subastaba. La subasta una venta organizada de uno o varios productos basados en la competencia directa. Quien pague la mayor cantidad de dinero se llevará el bien a cambio y puede ser de carácter pública o privada. La historia de esta práctica es ancestral, casi, pero la palabra subasta tiene raíces romanas. Subasta viene del latín sub hasta, que significa literalmente «bajo el asta», porque se marcaba la zona o el montículo de objetos a vender. Y aunque parezca curioso que esto ocurriera en esta época, las subastas tienen ya una larga historia4, de hecho sido registradas desde el año 500 a. C. hasta la fecha.

  1. Expresión latina que signfica: ¡al vencedor, los despojos!

  2. Despojos conseguidos después de ganarle la batalla a un importante guerrero o comandante.

  3. Una javalina hecha de madera y acabada en una punta revestida de hierro, anterior al pilo.

  4. Krishna, Vijay (2002), Auction Theory, San Diego. ISBN 0-12-426297-X


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