Las Obras del Divino Augusto

D·M·Lafuente·Scripsit·Date·01/20/2015

En el año 12 d. C., un año y cuatro meses antes de morir, Cayo Julio César Augusto (en latín, Caius Iulius Caesar Augustus), que ya contaba con 75 años (una edad muy avanzada para una persona de la época), sentía ya que le empezaban a faltar las fuerzas y su final llegaría en la brevedad. Ante esta situación decidió que escribiría por cuenta propia y junto a sus dos libertos favoritos, Polibio e Hilarión, su testamento y, como relata Suetonio en su obra más importante La vida de los Césares (en latín, De vita Caesarum), también escribió otros volúmenes importantes:

en otros tres volúmenes que guardaban «uno, ordenes relativas a sus funerales; el segundo, un resumen de los hechos ilustres que él había llevado a cabo, resumen que pidió que fueran grabado en tablas de bronce y éstas colocadas frente a su mausoleo; el tercero, un estado de la situación en todo el Imperio, cuántos soldados tenía en total bajo las estandartes, cuánto dinero había en el erario público en efectivo y en tributos pendientes de cobro»

¿Y en dónde encontraron estos documentos? Todos los romanos (de importancia) y los que podían dar a sus descendientes cosas en herencia escribían y guardaban sus testamentos en la Casa de las Vestales, un edificio muy cercano al Foro, donde eran custodiados por las vírgenes vestales hasta el momento de su muerte. Muchos de estos documentos, junto con la misma casa de las vestales se ha perdido con el tiempo, pero los logros de Augusto perduraron con toda seguridad porque era considerado divino y además era muy querido. Los cónsules que tuvieron el honor de leer su testamento y seguir sus instrucciones fueron Lucio Planco y Cayo Silio.

cum scripsi haec, annum ageban septuagettsumum sextum

(Cuando escribí estas memorias tenía setenta y seis años)

Augusto a mi parecer sorprendió a todos los romanos, de tal forma que no endiosarle sería un pecado. Es así como Tiberio Nerón, el hijastro de Augusto, ordenó no sólo la fabricación de las dos placas, sino, de varias en diferentes materiales y en varios idiomas para distribuirlas por todo el Imperio Romano. Este famoso texto se conoce como Las Obras del Divino Augusto (en latín, Res Gestae Divi Augustus) y son de un valor incalculable por muchas razones. Primero, porque podemos ver la forma en que Augusto escribía, que era con un estilo relajado y cercano, segundo porque se comprobaron referencias de interés en el mundo de la historia y tercero porque es uno de los pocos textos de la transición que sobrevivieron al paso de la historia. Es un relato en primera persona de su vida y sus obras. En esta macro entrada de este humilde blog, transcribiré esta obra tan reproducida a lo largo de internet. Me he basado en la traducción hecha por Antonio Alvar Ezquerra de la Universidad Autónoma de Madrid, con correcciones mías y para disfrute vuestro.

El siguiente texto que leeréis podréis ver a un Augusto cercano, aunque en la mayor parte se lo ve parco y quizás hasta hirsuto. Me hizo gracia la cantidad de veces que recuerda que todo lo hizo por la patria y cuánto dinero se gastó de «su bolsillo» y, claro, también sin interés personal y aunque le hayan intentado endiosar, él nunca reconocería el poder absoluto quitando cada una de las cosas que le regalaban devolviéndolas al pueblo, una táctica que hasta el mismo Julio César tuvo que practicar, una vez en el poder. Él no se reconoce como Rey, ni como dictador ni como Emperador, sino como Príncipe, que es distinto, aunque al final de su vida tuviera absolutamente todos los poderes a disposición, entre ellos, el tribunicio, que lo convierte en persona invulnerable y sacrosanta. Por otro lado, podemos ver al Augusto que se vende como una persona clemente con aquellos a los que ha derrotado, una calidad humana sin igual, aunque luego se despache por orgullo por haber devuelto a sus amos, a los esclavos rebeldes para que hicieran con ellos lo que quisieran.

Por momentos es ambiguo. Por momentos es egocéntrico. Por momentos es clemente y luego cruel. Pero hablamos de Augusto, una persona que vivió hace 2000 mil años, en otras circunstancias totalmente distintas y con otros valores y, aún con todos estos aspectos negativos fue, en mi opinión, el más decente de los emperadores y el único que puso fin a décadas de horror, sangre e inestabilidad para transformar a Roma de la ciudad aquella que se liberó en un reinado de emperadores que se extendió hasta 476 d. C. dando paso a la Edad Media.

Con ustedes, el «divino» Augusto.


Res Gestae Divi Augusti

Copia pública de los hechos ilustres del divino Augusto, con los que sometió al mundo entero al dominio del pueblo romano, y de los gastos que afrontó por el Estado y el pueblo romanos, que están grabados en dos columnas de bronce en Roma.

I

A los diecinueve años de mi nacimiento formé un ejército y siguiendo mi personal parecer y a costa de mi propio dinero, con el que devolví la libertad al Estado, que se encontraba agobiado por el poder de una minoría.

Por ese motivo, el Senado me incluyó en sus listas, mediante unos decretos honoríficos, durante el consulado de Cayo Vibio Pansa Cetroniano y Aulo Hirtio, confiriéndome un puesto de rango consular para emitir mis opiniones, y me otorgó mando militar.

Ordenó [se refiere a Cayo Pansa] que, junto, con los cónsules y como propretor, cuidase de que el Estado no sufriera dalio alguno.

El pueblo por su parte, me eligió mismo año como cónsul, puesto que los otros dos habían perecido en combate, y como triunviro con el objeto de reorganizar el Estado.

II

Mandé al exilio a los asesinos de mi padre, castigando, no sin juicios conforme la ley, su crimen y después, cuando declararon la guerra al Estado, los vencí en dos batallas.

III

Llevé a cabo, con frecuencia, guerras por tierra y mar dentro y fuera de nuestras fronteras por el mundo entero y respeté a cualquier conciudadano que me pidió clemencia.

IV

Por dos veces gané triunfos con ovación, y otras tres conseguí triunfos curules, y fui aclamado general en jefe en 21 ocasiones; el Senado me otorgó más triunfos, a todos los cuales renuncié. Los laureles los pasé de mis fasces al Capitolio, cumpliendo los votos que había pronunciado solemnemente en tiempos de guerra.

Con motivo de las campañas acabadas felizmente por mí o por lugartenientes míos, en tierra y mar, el Senado decretó 55 acciones de gracias a los dioses inmortales. Mas los días que duraron esos actos, en total y por decisión del Senado, fueron 890.

En mis triunfos desfilaron ante mi propia carroza nueve reyes o hijos de reyes.

En el momento de redactar estas cosas, había sido cónsul trece veces y gozaba de mi trigésima séptima potestad tribunicia.

V

No acepté la dictadura que se me ofreció tanto en mi ausencia como estando en Roma, de parte del pueblo y del Senado durante el consulado de M. Marcelo y L. Arruncio.

No me opuse, en momentos de tremenda escasez de trigo, a la administración de los víveres y cumplí con el cargo de tal modo que en pocos días logré liberar la ciudad entera del temor del peligro manifiestos, y ello a cuenta mía y gracias a mi esfuerzo.

Tampoco acepté el consulado anual y perpetuo que por entonces se me ofreció.

VI

Durante los consulados de M. Vinicio y Q. Lucrecio y, luego, de P. Léntulo y Gn. Léntulo y, por tercera vez, de Paulo Fabio Máximo y Q. Tuberón, por más que el Senado y el pueblo romanos estaban de acuerdo en que yo fuera el único encargado de vigilar, con las mayores atribuciones, las leyes y las costumbres, no me pareció bien aceptar una magistratura que se me ofrecía contra las prácticas de nuestros antepasados.

Todo lo que quiso el Senado entonces que yo llevase a cabo, lo hice a través de mi potestad tribunicia, y pedí al Senado cinco veces, y acepté de buena gana, un colega en el cargo.

VII

Durante diez años sin interrupción fui uno de los triunviros encargados de la reorganización del Estado.

Fui príncipe del Senado hasta el mismo día en que escribí esto, cumpliendo un total de cuarenta años.

También he sido pontífice máximo, augur, quindecenviro con la función de celebrar los rituales, septenviro epulón, cofrade del colegio de los Arvales, miembro del colegio de Ticio y fecial.

VIII

Aumenté el numero de los patricios, durante mi quinto consulado, por mandato del pueblo y del Senado.

Confeccioné tres veces las listas del Senado. Y durante mi sexto consulado, siendo mi colega M. Agripa, llevé a cabo el censo del pueblo. Lo cerré con sacrificios solemnes cuarenta y dos años después del anterior. Al cerrarlo había censados cuatro millones sesenta y tres mil ciudadanos romanos.

Un segundo censo lo hice yo sólo, con atribuciones de cónsul, durante el consulado de G. Censorino y G. Asinio. En éste se censaron cuatro millones doscientos treinta y tres mil ciudadanos romanos.

Y un tercero censo lo cerré solemnemente, con atribuciones de cónsul y teniendo por colega a mi hijo Tiberio César, durante el consulado de Sexto Pompeyo y Sexto Apuleyo. En este último se censaron cuatro millones novecientos treinta y siete mil ciudadanos romanos.

Con la ayuda de leyes nuevas, de las que yo era autor, volví a poner en vigor muchas costumbres de nuestros antepasados, que ya habían caído en desuso en estos tiempos, y yo mismo procuré transmitir a mis descendientes ejemplos de muchas cosas dignos de ser imitados.

IX

El Senado decretó que, cada cuatro años, se celebrasen juegos rituales por mi salud, organizados por los cónsules y los sacerdotes. De entre estos juegos rituales, unos los organizaron, todavía en vida mía, cuatro colegios sacerdotales de rango senatorial, otros los cónsules.

Además, todos los ciudadanos, en privado y por corporaciones municipales, ofrecieron súplicas en todos los recintos sagrados, de un modo unánime y constante, en favor de mi salud.

X

Mi nombre, por decisión del Senado, se incluyó en el Himno de los Salios y quedó sancionado por una ley que fuese yo inviolable a perpetuidad y, mientras viviese, gozase del poder tribunicio.

Rechacé el cargo de pontífice máximo, que el pueblo me ofreció por haberlo sido mi padre, para no ocupar el lugar que correspondía a mi colega, aun en vida. Ese puesto sacerdotal algunos años después, cuando ya había muerto él –que lo había asumido en tiempos de la guerra civil–, lo acepté siendo cónsules P. Suplicio y G. Valgo, tras haberse reunido, procedente de todos los lugares de Italia y en comicios convocados por mí, una multitud tan grande como jamás, según se dice, la hubo en Roma antes de ese momento.

XI

El Senado consagró el altar de la Fortuna Recuperada, ante el templo del Honor y el Valor, junto a la puerta Capena, en acción de gracias por mi regreso, y ordené que los pontífices y las vírgenes vestales hiciesen en él un sacrificio anual el día en que, bajo el consulado de Q. Lucrecio y M. Vinicio, había vuelto a la ciudad desde Siria, y ese día se llamó Augustalia, por mi sobrenombre.

XII

Por decisión del Senado, en esa misma época, un grupo de pretores y tribunos de la plebe, junto con el cónsul Q. Lucrecio y otros hombres principales, vino a mi encuentro a la Campaña, honor que a nadie hasta este momento se le ha concedido, excepto a mí.

Cuando regresé a Roma procedente de Hispania y Galia, tras haber concluido con éxito los asuntos que me hicieron ir a esas provincias, durante el consulado de Tiberio Nerón y P. Quintilio, el Senado acordó la consagración del altar de la Paz Augusta, en acción de gracias por mi regreso, junto al Campo de Marte, y ordeno que los magistrados, los sacerdotes y las vírgenes vestales hiciesen en él un sacrificio anual.

XIII

El templo de Jano Quirino que nuestros antepasados quisieron estuviese cerrado cuando la paz se hubiera logrado con victorias, por tierra y mar, en toda la extensión de los dominios dcl pueblo romano, por más que, antes de mi nacimiento y desde la fundación de la ciudad, sólo se conserva el recuerdo de su clausura en dos ocasiones, el Senado decidió por tres veces que debía ser cerrado, bajo mi principado.

XIV

A mis hijos, los Césares Gayo y Lucio, que, aún jóvenes, me arrebató el destino, les hicieron cónsules, por honrarme, el Senado y el pueblo romanos a sus catorce años de edad para que ocupasen esa magistratura cinco años después. Desde el mismo día en que fueron llevados al foro, decidió el Senado que estuvieran presentes en las deliberaciones públicas.

Además el orden ecuestre romano aclamó a ambos como Príncipes de la Juventud, dándoles por atributos unas rodelas y lanzas de plata.

XV

A cada miembro de la plebe romana le pagué trescientos sestercios, cumpliendo el testamento de mi padre y di en mi nombre, siendo cónsul por quinta vez, otros cuatrocientos sestercios, procedentes de botines de guerras: además durante mi décimo consulado volví a pagar de mi propio patrimonio cuatrocientos sestercios como regalo a cada uno, y, en mi undécimo consulado, concedí doce distribuciones públicas de trigo, con trigo que compré como particular, y, el año de mi décimo segunda potestad tribunicia, volvía a dar, por tercera vez, cuatrocientas monedas a cada uno. Todos estos regalos míos nunca alcanzaron a menos de doscientas cincuenta mil personas.

Durante mi décimo octava potestad tribunicia, siendo cónsul por duodécima vez, di sesenta denarios a cada uno de los trescientos veinte mil miembros de la plebe urbana.

Y a cada uno de los colonos, que habían sido soldados míos, les di mil sestercios procedentes de botines de guerra: recibieron esa donación, fruto de sus triunfos, en las colonias cerca de ciento veinte mil hombres.

El año de mi décimo tercer consulado di sesenta denarios a cada miembro de la plebe que. en ese momento, tenía derecho a recibir trigo público, fueron algo más de doscientos mil hombres.

XVI

Libré una cantidad de dinero a los municipios por los campos que asigné, durante mi cuarto consulado y, luego, siendo cónsules M. Craso y Gn. Léntulo Augur, a mis soldados. Esa suma fue de casi seiscientos millones de sestercios, pagados por las parcelas de Italia, y de casi doscientos sesenta millones entregados por los campos de las provincias. Yo fui el primero, y el único de cuantos establecieron colonias en Italia o en las provincias, en hacer esto, por lo menos según se recuerda en nuestro tiempo.

Y más tarde, durante los años de los consulados de Ti. Nerón y Gn. Pisón, de G. Antistio y D. Lelio, de G. Calvisio y L. Pasieno, de L. Léntulo y M. Mesala, y de L. Caninio y Q. Fabricio, a los soldados que mandé a sus municipios de origen al acabar el servicio militar, les concedí primas en metálico, que me supusieron gastos por cerca de cuatrocientos millones de sestercios.

XVII

En cuatro ocasiones asistí al tesoro público con mi propio dinero, de modo que habré entregado a los que lo administraban ciento cincuenta millones de sestercios.

Y, durante el consulado de M. Lépido y de L. Aruncio, ingresé procedente de mi propio patrimonio en el tesoro militar (que se organizó siguiendo mi consejo para pagar de él las primas a los soldados que habían sumido durante veinte años o más) ciento setenta millones de sestercios.

XVIII

Desde el año en que fueron consules Gn. y P. Léntulo, por ser insuficiente el dinero recaudado, hubo ocasiones en que pagué, de mis propios graneros y patrimonio, los tributos en trigo y dinero metálico a cien mil hombres y, en otras, aún a muchos más.

XIV

Construí la Curia y su anejo, el Calcídico, el Templo de Apolo en el Palatino con sus pórticos, el Templo del Divino Julio, el Lupercal, el pórtico junto al Circo Flaminio -que acepté se llamase de Octavio, por el nombre de quien había hecho antes otro en el mismo lugar-, la estancia imperial junto al Circo Maximo, los templos de Júpiter Feretrio y de Jútpiter Tonante en el Capitolio, el Templo de Quiri: no, los templos de Minerva, de Juno Reina y de Júpiter de la Libertad en el Aventino, el Templo de los Lares en la parte más elevada de la Vía Sacra, el Templo de los dioses Penates en la Velia, el Templo de la Juventud y el Templo de la Gran Madre en el Palatino.

XX

Reconstruí el Capitolio y el teatro de Pompeyo, obras ambas de elevados gastos, y ello sin inscripción alguna de mi nombre.

Reconstruí en muchos sitios las conducciones de agua, maltrechas ya de antiguas, y duplique la capacidad del acueducto llamado Marcio, desviando una nueva fuente a su caudal.

Terminé de construir el Foro Julio y la basílica situada entre el templo de Cástor y el de Saturno, cuya obra se comenzó y casi se termino por mi padre, y empecé la reconstrucción de esa misma basílica, destruida por un incendio, ampliando sus cimientos, bajo la inscripción del nombre de mis hijos, y, si no lograse acabarla durante mi vida, ordeno sea acabada por mis herederos.

Reconstruí, durante mi sexto consulado, ochenta y dos templos de divinidades en Roma, con autorización del Senado, sin excluir ninguno que necesitase en aquel momento una reparación.

El año de mi séptimo consulado, reconstruí la Vía Flaminia, desde la ciudad a Rímini, y todos los puentes, excepto el Mulvio y el Minucio.

XXI

En terreno privado construí el Templo de Marte Vengador y el Foro Augusto con dinero procedente de botines. Construí, sobre terreno comprado en buena medida a particulares, cerca del templo de Apolo, un teatro que estuviese bajo el nombre de Marcelo, mi yerno.

Consagré ofrendas, procedentes de botines, en el Capitolio y en el templo del divino Julio y en el Templo de Apolo y en el templo de Vesta y en el templo de Marte Vengador: todo ello me supuso cerca de cien millones de sestercios.

Durante mi quinto consulado devolví treinta y cinco mil libras de oro destinadas a la corona que, por mis triunfos, me ofrecían los municipios y colonias de Italia, y después, cada vez que se me aclamé como general en jefe, rechacé el oro- para la corona que me asignaban los municipios y las colonias con la misma generosidad con que antes me lo habían asignado.

XXII

Ofrecí tres espectáculos de gladiadores en mi nombre y cinco veces en nombre de mis hijos y de mis nietos, en los que combatieron cerca de diez mil hombres. Proporcioné al pueblo en mi nombre dos veces competiciones de atletas extranjeros venidos de todas partes y una tercera en el de mi nieto.

Cuatro veces hice juegos en mi nombre, pero otras veintitrés se hicieron en lugar de otros magistrados. Celebré, durante el consulado de G. Furnio y G. Silano, los Juegos Seculares, debidos por el colegio de los Quince Varones, del cual era yo presidente y M. Agripa mi colega, El año de mi décimo tercer consulado hice, por vez primera, los Juegos Marciales que, desde entonces en los años sucesivos y sin interrupción celebraron los cónsules, por decisión del Senado y ley.

Ofrecí al pueblo veintiséis cacerías de animales de África, bajo mi nombre, o bajo el de mis hijos o nietos, en el circo, en el Foro, o en los anfiteatros, en ellos murieron cerca de tres mil quinientas fieras.

XXIII

Ofrecí al pueblo un espectáculo de combate naval al otro lado del Tíber, en el lugar que ahora ocupa el bosque de los Césares, para lo que hubo que cavar el terreno mil ochocientos pies a lo largo y mil doscientos a lo ancho. En él se enfrentaron treinta naves con espolones, trinemos o birretes, y aun más de menor tamaño. En esas escuadras lucharon, sin contar los remeros, cerca de tres mil hombres.

XXIV

Tras mi victoria, devolví a los templos de todas las ciudades de la provincia de Asia sus riquezas, que aquél contra quien yo luchaba, guardaba en privado tras haber expoliado los templos.

Se colocaron en Roma cerca de ochentaa estatuas mías de plataa, a pie, a caballo, o en cuádriga, que yo mismo quité, y con ese dinero hice donativos en oro al Templo de Apolo en mi nombre y en el de los que levataron en mi honor las estatuas.

XXV

Logré liberar los mares de piratas. En esa guerra de esclavos, que habían huido de sus dueños y habían tornado las armas contra él Estado, capturó cerca de treinta mil y los entregó a sus dueños para que les diesen suplicio.

Italia entera, por propia iniciativa, hizo juramentos de lealtad bajo mi nombre y me pidió insistentemente que fuese yo su general en la guerra que luego gané en Accio. Hicieron el mismo juramento bajo mi nombre las provincias de Galia y de Hispania y África, Sicilia y Cerdeña.

Entre los que habrían de militar bajo mis enseñas hubo más de setecientos senadores, de los que fueron elegidos cónsules antes de aquel momento o después, hasta el día en que escribo estas palabras, ochenta y tres y sacerdotes cerca de ciento setenta.

XXVI

Hice crecer las fronteras de todas las provincias del pueblo romano con las que lindaban pueblos que no se sometían al poder nuestro.

Pacifiqué las provincias de las Galias y las Hispanias, igual que la Germania, con lo que el Océano fue nuestro límite desde Cádiz hasta la desembocadura del río Elba.

Devolví la paz a 1os Alpes, desde la región que esta próxima al mar Adriático hasta el mar Tirreno, sin dirigir la guerra injustamente contra ningún pueblo.

Mi escuadra navegó por el Océano desde la desembocadura del Rin, con dirección a la región del sol naciente, hasta el territorio de los cimbrios, a donde jamás había llegado ningún romano ni por tierra ni por mar hasta aquel momento, y los cimbrios, los cáridos, loss semnones y otros pueblos gernanos del mismo país solicitaron mediante embajadas mi amistad y la del pueblo romano.

Por orden mía y bajo mis auspicios se enviaron dos ejércitos aproximadamente por aquel mismo tiempo, a Etiopía y Arabia que se llama la Feliz, y fueron abatidas en combate la mayor parte de las tropas de ambos pueblos, enemigos nuestros, y capturadas numerosas ciudades fuertes. En Etiopía se llegó hasta la ciudad de Nabata, que está cercana a Meroe: en Arabia avanzó el ejército hasta el territorio de los sabeos, cerca de la ciudad de Mariba.

XXVII

Añadí Egipto al poder del pueblo romano.

Pude haber hecho provincia nuestra la Armenia Mayor, tras la muerte de su rey Artaxe, pero preferí, siguiendo el ejemplo de nuestros antepasados, entregar el reino a Tigrane hijo del rey Artavasde y nieto del rey Tigrane, con la intervención de Ti. Nerón, que entonces era mi hijastro. Y esa misma nación, que se había separado y rebelado, la entregué para que la gobernase —tras haberla sometido por obra de mi hijo Gayo— al rey Ariobarzane, hijo de Artabazo rey de los miedos y, a su muerte, a su hijo Artavasde. Cuando murió él, envié a ese reino a Tigrane, que procedía del linaje real de los armenios.

Recobré todas las provincias que, más allá del mar Adriático, miran hacia el Oriente, y Cirene, en su mayor parte bajo el dominio de reyes, y, antes de eso, Sicilia y Cerdeña, ocupadas en la guerra de esclavos.

XXVIII

Fundé colonias de soldados en Africa, Sicilia, Macedonia, las dos Hispanias, Acaya, Asia, Siria, Galia Narbonense y Pisidia,

Italia, por su parte, tiene, fundadas bajo mi mando, veintiocho colonias que ya en vida mía llegaron a ser importantísimas y muy populosas.

XXIX

Recobré, tras vencer a los enemigos, muchas pérdidas militares perdidas por otros generales en Hispania y Galia y también de 10s dálmatas.

Forcé a los partos a que me devolviesen 10s despojos y las enseñas de tres ejércitos romanos y solicitaran, suplicantes, la amistad del pueblo romano. Esas enseñas las guardé en el santuario del templo de Marte Vengador.

XXX

Las tribus panonias, contra quienes jamás antes de mi principado se dirigió el ejército del pueblo romano, las sometí al poder del pueblo romano, tras vencerlas Ti. Nerón. entonces hijastro y legado mío, e hice avanzar los límites de Iliria hasta la orilla del río Danubio.

Un ejército de dacios fue vencido y destrozado a este lado del río bajo mis auspicios y, después, mi ejército, cruzando el Danubio, obligó a las tribus dacias a soportar el poderío del pueblo romano.

XXXI

Fueron enviadas a mi presencia, y con cierta asiduidad, embajadas de reyes procedentes de la India, jamás vistas antes de aquel momento frente a ningún general romano.

Solicitaron nuestra amistad mediante embajadores los bastarnas y los escitas y los reyes de los sirmatas, que habitan a ambos lados del río Tanais, y el rey de los albanos y el de los híberos y el de los medos.

XXXII

Buscaron refugio en mí, suplicantes, los reyes de los partos Tiridate y, después, Frate, hijo del rey Frate, Artavasde de los medos. Artaxare de los adiabenos: Dumnobelauno y Tincomio de los britanos; Melo de loss sugambros. Primero de los suevos: marcomanos.

El rey de los partos, Frate, hijo de Orode, envió a Italia, a mi casa, a todos sus hijos y nietos, y ello no por haber sido vencido en combate, sino solicitando nuestra amistad mediante la prenda de sus propios hijos.

Y otros muchos pueblos iniciaron durante mi principado su fidelidad al pueblo romano sin que existiese antes intercambio ninguno de embajadas y de amistad.

XXXIII

Los pueblos de los partos y de los medos recibieron, de mi parte, los reyes que pidieron a través de los legados míos importantes de esos pueblos. Los partos a Vonone, hijo del rey Frate, nieto del rey Orode, los medos a Ariobarzane, hijo del rey Artavasde, nieto del rey Ariobarzane.

XXXIV

Durante mis consulados sexto y séptimo, tras haber acabado la guerra civil, siendo dueño de todas las cosas, gracias al acuerdo de todo el mundo, pasé el gobierno del Estado a la jurisdicción del Senado y del pueblo romanos, cediendo mi poder.

En virtud de ese acto meritorio fui llamado, por decisión del Senado, Augusto, y fueron revestidas públicamente con laureles las jambas de mi casa y se colocó la corona cívica sobre mi puerta y se puso en la curia Julia un escudo de oro, que me atoraron el Senado y el pueblo romanos por mi valor y mi clemencia, por mi sentido de la justicia y del deber religioso, como atestigua la inscripción que hay en el propio escudo.

Después de aquel momento, gocé de un prestigio superior a todos, mas nunca tuve poderes más amplios que el resto de los que fueron colegas míos en las magistraturas.

XXXV

Mientras desempeñaba mi décimo tercer consulado, el Senado, el orden ecuestre y todo el pueblo romano me dieron el título de Padre de la Patria y acordaron que fuese inscrito en el vestíbulo de mi casa y en la curia Julia y en el foro Augusto bajo la cuadriga que, por decisión del Senado, se colocó en mi honor.

Cuando escribí todo esto tenía setenta y seis años.


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