Horacio Cocles: el hombre que frenó a un ejército

D·M·Lafuente·Scripsit·Date·11/27/2014

La historia que os voy a contar tiene comienzo luego de la expulsión de Lucio Tarquinio Soberbio (en latín, Lucius Tarquinius Superbus), el último rey que tuvo Roma y el último de los 3 reyes etruscos. Liberada Roma del yugo de la monarquía, allá por el año 509 a. C, una nueva forma de gobierno nació: la Res publica Populi Romani o mejor conocida en nuestra lengua como La República Romana. Una forma de gobierno que abogaba por las libertades y también por la justicia imparcial e igual para todos, independientemente de su condición personal. Para ello y, para evitar que la gente pensara que de nuevo se imponía otra monarquía, el poder se dividió entre 300 senadores, representados por otros dos senadores llamados primero legados y luego, cónsules. Éstos ostentaban el poder conocido como imperium y con una duración no mayor a un año hicieron que el pueblo creyera en esta nueva forma de gobierno sin caer en la interminable sospecha de acumulación de poder y vuelta de la monarquía.

Una vez expulsado, Tarquinio intentó retomar la ciudad mediante intrigas pero su plan volvió a fallar. Intentó seducir a varios jóvenes nobles con la promesa de riqueza y otros beneficios ni bien se restaurara su reinado. Mucho no le había costado ganarse a éstos jóvenes de alta cuna ya que, al ser ricos –o parte de la nobleza privilegiada mediante influencia– éstos hacían lo que querían en la época de la monarquía y ahora, con la igualdad impuesta por la nueva república, todo se había perdido, como relata Tito Livio en Ad Urbe Condita:

Pero la ley era una cosa, sorda e inexorable, más favorable a los débiles que a los poderosos, sin ninguna indulgencia o perdón para los transgresores; era peligroso confiar al error humano la pervivencia de la inocencia. Habiendo llegado ellos mismos a tal estado de descontento, llegaron legados de la gens real con una demanda para la devolución de sus bienes sin ninguna alusión a su posible retorno.

Estos legados fueron recibidos por el Senado donde exigieron la devolución de todos los bienes de Tarquinio. Durante días, la cámara discutió esta posibilidad. Los romanos tenían dos miedos patentes sobre este tema: el que Tarquinio esperara la negativa de la entrega de sus bienes para iniciar una guerra o bien, al entregarle los bienes los usase para pedir apoyo militar a otra ciudad y hacer la guerra de todas formas. Mientras el senado debatía, los legados aprovechaban esta distracción para la intriga, sumando nobles que estaban a favor de la causa de los Tarquinio. Cuando el Senado había decidido devolver los bienes, pidieron a los legados tiempo para conseguir los medios de transporte suficientes para enviar todas las mercancías. Para entonces, los legados debían volver y los conspiradores estaban todavía algo inseguros de las promesas de los legados, por lo que pactaron la entrega de una carta en buena fe del mismo Tarquinio sin saber que todo este plan de entrega de la carta y de la conspiración mientras se discutía estaba siendo escuchado por un esclavo. El esclavo esperó a entender todos los detalles de la entrega porque era la forma de poder comprobar el complot una vez denunciado este hecho. Tito Livio describe lo que ocurrió luego:

Después que hubo sido entregada, [el esclavo] reveló el asunto a los cónsules. De inmediato procedieron a detener a los legados y a los conspiradores, y abortaron la conjura sin suscitar alarma alguna.

Lo que siguió después fue sin dudas una gran demostración de odio hacia los Tarquinio: el Senado trató de nuevo el tema de la devolución de los bienes y resolvieron que no sólo no devolverían nada a Tarquinio sino que tampoco amasarían nada de éstos en el Tesoro. Es así como expoliaron todos los bienes y se repartieron éstos al pueblo. Quedaban todavía pendientes las tierras, que no eran pocas y estaban ubicadas entre la ciudad y el río Tíber. Confiscada la propiedad, la extensión de tierra se consagró al dios Marte, conociéndose el lugar como Campo de Marte y como estaban plantadas con una especie de trigo, en vez de utilizarlo, lo cosecharon todo y lo lanzaron en su totalidad al mismo río. Como era mitad de verano, el río Tíber venía con marea baja, lo cual se formó una gran montaña de desperdicios. Al venir poco a poco la corriente, el cúmulo de granos y paja comenzó a acumular más y más sedimentos hasta quedar cubierto, formando así la conocida Isla Tiberina. Aunque no se sabe a ciencia cierta si esto fue posible, durante mucho tiempo la Isla Tiberina estuvo desierta porque los romanos consideraban al lugar infausto. A tal punto que no se construyó nada y sólo se albergaba a criminales. Con el tiempo se consagró el lugar también con un templo, conocido como Templo de Esculapio. Confiscado y repartidos todos los bienes, los romanos procedieron a ejecutar públicamente a todos los conspiradores, incluyendo a los hijos del cónsul Bruto.


Luego de estos hechos, no quedaron dudas que Tarquinio el Soberbio vendría con un ejército e intentaría tomar Roma por mano propia. De hecho, Tarquinio se enteró de todo y entró en cólera de saber que todos sus planes fallaron así que se dedicó a visitar todas las ciudades de Etruria para pedir ayuda. En particular, dos ciudades atendieron sus imploraciones: Veyes y Tarquinia. Ambas con muchas ganas de ayudar, la primera, quería derrotar a Roma y cobrar venganza de antiguas disputas. La segunda en no dejar que uno de su sangre muriera desterrado de esta forma. Lo cierto es que al entrar en territorio romano, los cónsules Valerio con la infantería y Lucio Junio Bruto con la caballería salieron a recibirles. Aruncio Tarquinio, hijo del rey, al mando de la caballería reconoció a Bruto al igual que éste a Aruncio. Ambos sin mediar palabra se cargaron entre sí a duelo singular. Era una práctica común en aquella época que líderes entablaran en duelo y como era de costumbre para aquella época, desde la distancia ambos líderes comenzaron cargarse en combate singular que al momento del impacto, debido a la velocidad ambos llevaban terminaron por caer al suelo heridos de muerte con las lanzas ensartándoles. El resto de las caballerías se enfrentaron a continuación y no mucho después llegaron las infanterías para tajearse a gusto.

La batalla se combatió con distinta fortuna, ambos ejércitos estaban igualados; el ala derecha de cada uno salió victoriosa, el ala izquierda de cada uno fue derrotada. Los veyentinos, acostumbrados a la derrota de manos romanas, huyeron dispersándose, pero los tarquinios, un enemigo nuevo, no sólo mantuvieron su posición, sino que obligaron a los romanos a ceder terreno. Después que la batalla se desarrollase así, un inmenso pánico, tan grande, se apoderó de los tarquinios y los etruscos que ambos ejércitos de veyentinos y tarquinios, al llegar la noche, desesperaron de vencer, abandonaron el campo de batalla y volvieron a sus casas.

Ni los etruscos, ni los veyentinos, ni los pocos tarquinios que lucharon volvieron a la mañana siguiente. Bastante habían ya tenido con la paliza que los romanos propiciaron ese día. Los romanos al ver que su enemigo no volvía, se dispusieron a recoger el botín de guerra y regresar. Publio Valerio, el cónsul, regresó y fue recibido con triunfo. Bruto, en cambio, había muerto en la primera carga y fue velado con altos honores en Roma. Tanto fue el respeto por el padre libertador, que las matronas de roma vistieron luto un año entero en honor a quien fue el vengador de la castidad violada. Todo parecía fiesta, popularidad y alegría para el cónsul Valerio, pero pronto todo se acabaría. La peble era difícil de contentar, inestable y de la noche a la mañana Publio Valerio de ser salvador pasó a ser un hombre sospechoso de querer amazar poder y hasta quizás ser otro monárca. Los rumores lo llevaron a niveles insospechados cuando éste no había convocado las elecciones para reemplazar a Bruto, el otro cónsul caído, y la otra razón era incluso peor para la peble de ver: se estaba por construir una mansión fortificada en la cima del Velia. Publio, entró en pánico y se sintió abrumado por las denuncias y las acusaciones, pero éstas no le amedrentaron. Supo llevarlo todo bien y demostrar que era republicano y no monarca, así que disipó la idea de la fortificación y mandó a bajar todos los materiales de construcción a la zona más baja del Velia, y entre los comunes, instaló su casa. De esta forma Publio Valerio demostraba que no temía al pueblo, es más, estaba de su parte, entre ellos. Como medidas extras, hizo que se aprobaran más leyes a favor del pueblo, lo cual le hizo valer su sobrenombre Publícola (amigo del pueblo):

Las más populares de tales leyes fueron las que concedían el derecho de apelar al pueblo contra la sentencia de un magistrado y la que permitía consagrar a los dioses la persona y los bienes de cualquiera que albergase proyectos de convertirse en rey.

Ya había pasado un año de la expulsión de los reyes y entraba el año 508 a. C. Los cónsules de ese año fueron Publio Valerio Publícola y Tito Lucrecio. Mientras tanto, los tarquinios se habían refugiado con Lars Porsena, rey de Clusium. Los tarquinios influyeron en el rey mediante el uso de advertencias, como la de castigar a quien promueva la expulsión de reyes. También hicieron incapié en rogar que no dejara que gente de su propia sangre (etrusca) quedara muerta en el exilio. Lo cierto es que Porsena creía que un etrusco debería estar dominando en Roma, y que eso sería lo que realmente le llenaría de orgullo a él y a su ciudad. Así que decidió marchar con un ejército para recuperar la ciudad.

En el lado romano, al enterarse de que Porsena venía a guerrear fue suficiente motivo para entrar en un serio estado de alarma. La ciudad de Clusium era grande, poderosa y la reputación de Lars Porsena, igual de soberbia. Pero por si no fuera poco que un enemigo fuerte viniera a joder a los ciudadanos romanos, el Senado temía algo peor: la sumisión de sus ciudadanos, porque ante semejante enemigo era probable que la gente entrara en pánico y prefiriese rendirse, admitiendo de nuevo a los tarquinios como monárcas. Por todo esto, hizo que el mismo Estado consediera muchos beneficios a los ciudadanos como medida de propaganda. Entre las medidas estuvieron la provición gratuita de grano, hacerse cargo de la venta de la sal, la execión de varios impuestos y otros fueron cargados sobre los ricos patricios. Esta generocidad mantuvo la paz entre ciudadanos pero lo mejor fue que se eliminaron las prácticas demagógicas y también igualó el odio por el enemigo entre pares y padres fundadores. Cuando el ejército de Porsena llegó a las inmediaciones de Roma, los campecinos huyeron con lo que pudieron a la ciudad, y un ejército romano le salió al paso.

¿Qué mejor manera de morir puede tener un hombre, que la de enfrentarse a su terrible destino, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?

Imaginen que ven el mapa por arriba de la ciudad de Roma. Al norte, el Campo de Marte, el Capitolino y el río Tíber junto con la Isla Tiberina. Al oeste, el Janículo (en latín, Ianiculum), la colina elegida por el ejército de Lars Porsena para montar campamento. Al este estaba el río Tíber, el puente Sublicio, las murallas de Roma y el monte Aventino. Mirando hacia el este, entre la Isla Tiberina y el campamento estaba el ejército etrusco conformado por 3 grandes columnas de infantería. En la columna izquierda estaban formados por exiliados romanos y liderados por los Tarquinios. En el ala derecha estaban formada por una colación latina, liderada por Octavio Mamilio y en el centro la columna más potente y numérica que era la de Lars Porsena.

Del lado romano, la composición del ejército fue igual. En el ala izquierda, que iba a luchar contra la columna derecha comandada por Mamilio, estaba Marco Valerio Voluso –hermano de Publio Valerio Publícola– y Tito Lucrecio Tricipitino. En el ala derecha, estaba Espurio Larcio Flavio y Tito Hermimio Aquilino para enfrentarse al ala de los Tarquinios. En el centro los cónsules Publio Valerio Publícola y Marco Horacio Pulvilo.

Cuando las 3 columnas chocaron, un amasijo de pilas (lanzas), escudos y espadas tuvo lugar. Aunque muchos de ustedes se imaginen a los legionarios disciplinados con su escudo cuadrado scutum y su espada gladius hispaniensis la realidad era otra. Los romanos de aquella época vestían más a la greca, usando espadas más largas, con cruzeta (guarda) y escudos ovalados. Tampoco hacían las batallas de forma tan ensayada sino que eran un poco más libres en materia de enfrentamiento. Durante la batalla, el ala de los Tarquinios comenzó a ceder, pero no así la de Porsena y Mamilio, que empezaban a mellar las columnas de los cónsules hasta el punto que muchos romanos comenzaron a huir hacia las murallas presos del pánico. Lo que siguió luego fue terrible: la desbandada fue inmensa y unos pocos contubieron al ejército etrusco. Viendo que la desbandada era inevitable, un hombre llamado Publio Horacio Cocles (un sólo ojo) que estaba de guardia en el puente Sublicio salió a reprender a todos los que huían hacia la ciudad a través del puente llamándoles cobardes. El puente Sublicio era angosto y con las defensas lo hacía un punto ideal para frenar el combate. Pero ni insultándoles podía Horacio Cocles convencer a sus compatriotas que lanzaban las armas y seguían huyendo despavoridos, es por eso que él mismo se interpuso en el comienzo del puente dispuesto a frenar al ejército enemigo que venía para tomar la ciudad. Al prinicipio eran unos pocos valientes etruscos que deseaban la gloria. Éstos caían al río ahogándose o bien eran muertos por Cocles. Viendo esta situación, dos oficiales de alto rango, quizás avergonzados de ser partícipes de la huida cambiaron de opinión al ver como Horacio Cocles comenzaba a matar enemigos que intentaban hacer paso. Es así como Espurio Lucrecio y Tito Herminio Aquilino se volvieron y se pusieron hombro a hombre con Horacio. Los dos oficiales y el soldado contuvieron las primeras embestidas. Mientras esto ocurría, Horacio ordenaba a los romanos que huían a que derrumbaran el puente como fuere para evitar que el enemigo penetrase.

Entre todo el alboroto para mover al ejército, todavía los jefes etruscos no entendían porqué no se estaban ya matando ciudadanos romanos y un gran alboroto se mantenían en el inicio del puente Sublicio. Al llegar los primeros jefes vieron que una última defensa romana de 3 defendía la línea con uñas y dientes. En el lado romano, Cocles y el resto de oficiales motivaban a los romanos a derrumbar el puente como fuere y llegado un momento, el puente comenzó a ceder y destruirse. Es así como Horacio Cocles ordenó a los oficiales que le hacían compañía a que se retiraran y le dejaran a él sólo frenar al ejército mientras el puente estaba siendo derrumbado. Los líderes y soldados etruscos viendo solo a Cocles no hicieron más que sentirse incrédulos ante tal situación. La escena debió ser de lo más cómica e inusual, pero es que Cocles estaba como una cabra y nadie se atrevía a enfretársele porque la prueba de ello eran los cuerpos de etruscos caídos por doquier. Con su espada y su escudo retaba a duelo a todos los jefes presentes y les recriminaba que fueran esclavos de tiranos. Mientras los presentes y los jefes miraban a Cocles con vergüenza y se ordenó realizar la última carga antes de que el puente cediera. Mientras Cocles contenía por el pedazo de puente que quedaba en piea una docena de soldados, el estruendo del puente cayendo se oyó y en ese momento Cocles gritó:

“Padre Tíber, te ruego recibas en tu corriente propicia estas armas y este guerrero tuyo”

Así, completamente armado, se arrojó al Tíber y aunque muchos proyectiles cayeron sobre él, pudo cruzar nadando a la seguridad de los suyos: el acto de audacia más famoso que quedó grabado en la posteridad. El acto heroico de Horacio Cocles le valió un reconocimiento sin igual: el Estado le erigió una estatua donde se realizaban los Comicios y también se le otorgó tierra suficiente, tanta como pudiese arar sólo en un círculo durante un día. La peble, no habiendo olvidado tampoco este sacrificio y sabiendo que todo el mundo estaba en aprietos con la comida –pues Horacio Cocles regresó vivo según la mayoría de los autores– ofreció a Cocles la ración gratuita de grano del día como agradecimiento.


Es así como se le escapó por segunda ocasión a Tarquinio la recuperación de la ciudad. Lars Porsena, totalmente frustrado, viendo esta situación decidió sitiar la ciudad en vez de asaltarla. Muchos destacamentos fueron apostados alrededor de la ciudad para evitar que llegara grano a la ciudad de Roma y aunque los cónsules salían de tanto en tanto con su ejército para forrajear, la falta de alimentos se hizo sentir gracias al pillaje que los etruscos realizaban. Este asedio no sólo duró un tiempo considerable, fue el primero que sufrieron los romanos de la mano de los etruscos y que dio pie a otro héroe famoso de la historia romana que hablaré en un futuro: Cayo Mucio Escévola.


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