La historia de Cincinato, el dictador que fue bueno

D·M·Lafuente·Scripsit·Date·11/05/2014

La palabra dictador viene del latín dictator y significa literalmente «el que dicta». En sus orígenes, tampoco se les llamaba dictadores sino magister populi (maestros del pueblo, maestros de la gente o maestros del ejército). Era, en términos legales, una magistratura extraordinaria que el Senado Romano otorgaba a una persona para que ésta ejecutara órdenes, concentrando así todo el poder del gobierno en un individuo. Hay que recordar que los romanos eran gobernados por dos cónsules cada año y éstos, ejecutaban las órdenes de la cámara de Senadores. En cambio el dictador no. Sólo una persona podía tener acceso a esta magistratura por un término de 6 meses, aunque por lo general, la dictadura se otorgaba rei gerundae causa, o sea, según la causa a resolver y podía ser extendida lo que fuera necesario hasta casos como el de Cayo Julio César, que luego de varias magistraturas seguidas siendo dictador le otorgaron otra dictadura pero ésta era perpetuus causa, o sea, dictador de por vida. De acuerdo con Dionisio y Cícero, el cargo de dictador no fue empleado originalmente en Roma, sino, en varias ciudades latinas primero.

El primer dictador de Roma fue Tito Larcio Flavo (se le atribuye también el sobrenombre de Rufo), dos veces cónsul, aunque otras fuentes nombren a un tal Valerio como primero, pero vamos a darle crédito al pobre Larcio por esto. Lo hizo en el 501 a. C., apenas 8 años después de la fundación de La República Romana, se le adjudicó la dictadura por unos 6 meses y éste la utilizó para solventar varios problemas, externos e internos. Digamos que puso la casa en orden y para cuando ya había terminado renunció a su magistratura quedándole todavía tiempo para ejercerla. Tito Larcio era hermano Espurio Larcio, un héroe famoso de la República, que defendió un puente sin más ayuda que de otros dos nobles romanos: Horacio Cocles y Tito Herminio Aquilino. Lo que hicieron es digno de otra entrada aparte en este blog, pero básicamente contuvieron un ejército etrusco en un puente mientras el resto de los romanos destruían el puente por detrás. Fue un acto de valor sin igual que le valió una estatua (la primera erigida a alguien en Roma) y de los cuales ya hablaré en otra entrada.

Cincinato

Si la historia ha descrito a través de los relatos y narraciones a un supuesto dictador bueno, ése fue Lucio Quincio Cincinato. Fue cónsul y dos veces dictador. El sobrenombre significa (el del pelo) ensortijado. Bastante se puede decir de este noble patricio y no muy buenas cosas, la verdad, aunque descubriréis el por qué se lo consideró un buen dictador. Muchos romanos republicanos describieron a Cincinato como el arquetipo romano con virtus, entre ellos los conservadores republicanos como Catón El Viejo que lo adoraba. Adorado por patricios pero detestado por el pueblo. A pesar de ser aristócrata, patricio y en general, rico, era un hombre rústico. De acuerdo a las narraciones de Tito Livio, un hombre con falta de ambición personal, recto, honrado, íntegro y un excelente estratega militar. Aún poseyendo todos estas grandes cualidades, era una persona que siempre estuvo en contra de todas las reformas que otorgaban más beneficios al pueblo.

La historia de Cincinato se remonta al 467 a. C. cuando Roma estaba entrando en un conflicto importante por una ley agraria que favorecía la entrega de tierra a los plebeyos de Roma. Esta parte de la historia está relatada a la perfección por Tito Livio en tercer libro de Ad vrbe condita

Emilio [se refiere a Tito Emilio, cónsul elegido ese año], en su anterior consulado, ya había abogado por la concesión de tierras a la plebe. Como ya era cónsul por segunda vez, el Partido Agrario abrigaba esperanzas de que la Ley se cumpliría; los tribunos se ocuparon del asunto con la firme esperanza de que tras tantos intentos podrían tener éxito ahora que un cónsul estaba de su parte; el punto de vista del cónsul sobre el asunto no había cambiado. Quienes poseían las tierras (la mayoría de los patricios) se quejaron de que la jefatura del Estado estaba adoptando los métodos de los tribunos y ganando popularidad a base de regalar la propiedad ajena, y de esta manera cambiaron sus odios de los tribunos al cónsul.

El problema como pueden ver era una cuestión de poder. Los patricios, siempre han sido la facción dominadora de la historia de Roma, y perder cuota de poder no les gustaba. Emilio, siendo un patricio, había tratado de evitar el estallido social prometiendo la votación a favor de la ley, siempre y cuando ésta se haga en tierras conquistadas. Para ello disponían de la nueva ciudad ya conquistada por Roma (Anzio) y parte de los territorios de los volscos y los ecuos. Pero la peble de Roma quería tierra dentro del territorio romano, tierra de los patricios. Esto generó un conflicto, que empezó siendo pacífico, dentro de los términos para derivar en una batalla marcada que estuvo a punto de dinamitar la ciudad.

Con el paso de los años, los Volscos y los Ecuos, que luego de ser casi aniquilados por Roma todavía daban indicios de que se estaban rearmando en otro pueblo vecino y aliado a Roma llamado Anzio. En Roma, los tribunos negaban que ambas ciudades, luego de ser machacadas por Roma, se estuvieran rearmando. Criticaban que era todo una pantomima del senado para desviar los temas que importaban y comenzar otra infame guerra, por lo tanto serían ellos los que desautorizarían el ensamblado de un ejército. El resto de los senadores, en cambio, tenían el pretexto ideal para iniciar una nueva guerra que significaría más despojos, ende, más dinero para las arcas y para las familias patricias con derecho de guerrear. La guerra era la forma de ganar mucho dinero y así crecer en cursus honorum, o sea, la carrera política de un romano, ya que los senadores se les tenía prohibido realizar tareas comerciales más allá de vivir de su tierra, aunque las hacían de todas formas. Los tribunos, entre gritos e interminables discusiones intentaron por todas las vías evitar que la cámara de senadores obtuviera su cometido, pero no pudo. Es así como se le declaró la guerra contra el pueblo inofensivo de Anzio, según narra Tito Livio:

Era imposible convencerlos de que los volscos y los ecuos, después de haber sido casi exterminados, podían iniciar por sí mismos las hostilidades; por lo tanto, se estaba buscando un nuevo enemigo; a una colonia que había sido un vecino leal se estaba cubierto de infamia.

Cuando comenzó el reclutamiento de tropas en el Foro, por parte de los cónsules, los tribunos, y gran parte de los administradores fueron a impedir tal tarea. En pocos momentos se montó un tumulto de gente y los cónsules junto con otros patricios empezaron a pelear para llevar a cabo su cometido. Cuando un cónsul ordenaba la detención y alistamiento de alguien, un tribuno lo vetaba. Pasados los días de altercados, los tribunos usaron toda su fuerza administrativa y física para impedir que esto ocurriera. Los patricios también, la diferencia de estos era que los más prestigiosos senadores no se encontraban en el lugar porque, para ellos, las cosas se resuelven con la razón y no por la imprudencia o los excesos. Aunque en realidad en mi opinión era la mejor forma de evitar mancharse o ser la cara de altercados. Imaginen a Rajoy en una manifestación y siendo partícipe de altercados en los alrededores. Sería una imagen desastrosa para el gobierno, por eso están las nuevas generaciones y otros eslabones de los partidos. Y como en todos los bandos siempre hay un personaje problemático, los patricios tuvieron uno particular, y éste era Ceso Quincio, hijo del mismo Lucio Quincio Cincinato.

Ceso poseía las cualidades del romano joven y ambicioso. Era el mayor de los 4 hijos de Cincinato. Como suele ocurrir con las nuevas generaciones, éstos jóvenes cuando llegaban al estrado político hacían de barrera de contención contra la oposición y también hacían todo el trabajo indigno que los veteranos no querían hacer. Tito Livio se refiere a él como:

Ceso era un miembro de la gens Quincia, y su ascendencia noble, gran estatura y gran fuerza física le hacían un joven atrevido e intrépido. A estos dones de los dioses, agregaba brillantes cualidades militares y elocuencia como orador público, de modo que nadie en el Estado se preciaba de superarlo, fuera con la palabra o en la acción.

Ceso fue famoso por eso: toda su vida se dedicó a machacar plebeyos. Era el gamberro de la época. Pero esta reputación le trajo más desdichas que alegrías al pueblo de Roma. Siendo éste el enemigo número uno del plebeyo, no escatimaba en hacerles las vida imposible. Cuando asumió un puesto en su carrera política se encargaba de expulsar del foro a los tribunos y plebeyos de todo tipo, una de las ofensas más grandes. Livio relata que quien osara interrumpir su paso era desnudado y apaleado por sus seguidores. Vamos, era un matón en toda regla. Con el tiempo su actitud y persona ganó fama, haciéndose evidente que sería un problema para el pueblo si llegara a ser cónsul o, peor, un dictador.

Los tribunos, que eran los sagrados e intocables representantes y defensores de los intereses del pueblo, entraron en desesperación y para frenar a Ceso, tramaron un plan que dio resultado: le acusaron de crímenes capitales de todo tipo. Tuvo resultado esta táctica, ya que Ceso se movía más por sus entrañas y el calor de sus venas que por sus neuronas. Éste procedimiento legal que llevaron a cabo ni siquiera intimidó a Ceso, al contrario, como Tito Livio relata, lo puso más violento de lo normal:

se opuso a la Ley y hostigó a los plebeyos con más ferocidad que nunca, y declaró la guerra a los tribunos.

Lo cierto es que sus acusadores estaban frotándose las manos con lo que veían. Ceso se repartía por todos lados avivando su problema, lo que devenía en nuevas acusaciones que se iban apilando junto con las antiguas. El día del juicio llegaba y el pueblo se reunía como siempre en el foro a escuchar las arengas. Muchos patricios importantes salieron en la defensa pública de Ceso, nombrando todas las veces que se arriesgó en batalla, lo valioso que fue para la defensa de la patria. Incluso su padre pidió indulgencia para con un joven con mucho temperamento, confiando en que la vejez le hiciera madurar. Todos los patricios intentaron convencer al pueblo que Roma no se podría perder a semejante soldado sólo por hacer gamberradas.

De todos los cargos de violencia, había uno que pesaba bastante y era haber golpeado al hermano de un ex Tribuno llamado Marco Volscio Fictor. Marco relata que luego de una epidemia que había azotado a la ciudad, se encontró con un grupete de jóvenes en el barrio de la Suburra –uno de los peores barrios que tuvo la ciudad de Roma– y ahí tuvo una pelea con éstos. Su hermano, que todavía estaba débil por haber sobrevivido a la epidemia, recibió un golpe fatal de nada más y nada menos que Ceso. Tuvieron que llevarse al hermano de Marco hasta su casa para verlo morir al poco tiempo. Durante años Volscio intentó conseguir justicia pero no lo conseguía. Ahora que el acusado estaba siendo juzgado al relatar esto al público lo hizo enardecer con suma facilidad, según Livio:

Los cónsules no le habían permitido, durante los años transcurridos, obtener reparación judicial por el ultraje. Mientras Volscio estaba contando esta historia en un tono alto de voz, se produjo tal excitación que Ceso estuvo a punto de perder la vida a manos de la gente.

El mismo pueblo ya quería ajusticiar a asustado Ceso en el mismo lugar. Un tribuno, llamado Verginio ordenó su detención en ese mismo momento y los patricios se negaron rotundamente porque el acusado todavía no había sido juzgado. Entre teje y maneje, detuvieron a Ceso dentro la cámara del senado, y ahí, el fiscal liberó al acusado bajo fianza de unos 3000 ases (unos 28 mil euros de ahora). Ceso fue el primero que prestó fianza en un juicio público. Después de abandonar el Foro, marchó la noche siguiente al exilio entre los etruscos. Habiendo huido, no pudo estar en el juicio, pero de todas formas, el tribuno Verginio continuó con el procedimiento y se exigió sin piedad una retribución equitativa a su padre, que era más bueno que el pan. Cincinato tuvo que vender todos sus bienes e irse a vivir recluido a un pedazo de tierra cerca del río Tíber en una choza, como si fuese un desterrado.

Exiliado Ceso y retirado Cincinato, el año Roma había comenzado tranquilo. Los tribunos siguieron su tarea de reavivar las conspiraciones de los jóvenes patricios de matar a los tribunos para quitarles el poder. Siguieron también los rumores de guerra con los volscos y ecuos. Parecía que nada había cambiado en la Roma de siempre. Pero una noche, un noble romano llamado Apio Herdonio, que estaba exiliado, entró en roma con un mini ejército compuesto de otros exiliados y esclavos. Tomó el Capitolio y amenazó a la ciudad con liberar a todos los esclavos, según Tito Livio:

Apio Herdonio estaba llamando desde el Capitolio a los esclavos para ganar su libertad, diciendo que él había abrazado la causa de todos los condenados a fin de restablecer los exiliados que habían sido injustamente expulsados y eliminar el pesado yugo de los cuellos de los esclavos. Él preferiría que esto se hiciera por ofrecimiento del pueblo romano, pero si eso fuese imposible, correría todos los riesgos y levantaría a los volscos y los ecuos.

Esta rebelión no tuvo mucho éxito aunque montó un pollo importante dado que llegó en un momento en donde la situación entre patricios y plebeyos era muy delicada. Los cónsules pensaban que eran parte de unas fuerzas externas que estaban en conjunto con los volscos y los ecuos. Los tribunos en cambio, pensaban que todo era una treta de los patricios para desviar la atención de la votación de la ley. De hecho, les entró un pánico grande entre los senadores patricios que las legiones etruscas y sabinas apareciesen, y luego los volscos y los ecuos, sus enemigos declarados listos para vengarse de forma definitiva.

Pronto llegó el alba y los senadores supieron las intenciones de los amotinados. Comenzaron a respirar un poco, aunque no demasiado. Eliminada la posibilidad de invasión de un ejército, tenían otro miedo más patente: un levantamiento de esclavos. No había nada peor que el miedo a un levantamiento de esclavos. Para la época de la República, había muchos esclavos entre la población y no había nada más feo que dormir con miedo a ser degollado. Lo cierto es que los Tribunos seguían desesperados por sostener que todo era un simulacro de los patricios para que el pueblo ignorara la aplicación de una ley a favor de los plebeyos. Mientras los tribunos y senadores discutían hasta el vómito para que se votara la ley y se armara la población de nuevo para derrotar a los amotinados, un mensajero llegaba a la ciudad de Túsculo con la noticia de la captura del Capitolio, donde el dictador Lucio Mamilio gobernaba. Mamilio, sabiendo la gravedad del asunto que se estaba produciendo convocó una sesión extraordinaria en el senado donde presentó a los mensajeros para que soltaran el relato. Mamilio instó a los senadores a no esperar a un enviado oficial de Roma pidiendo ayuda; la certeza del peligro y la gravedad de la crisis, los dioses que vigilaban las alianzas y la lealtad a los tratados, todo exigía una acción inmediata. Si hay algo que Mamilio vio en esto es oportunidad. Pero no de derrocar a Roma sino de hacer un gran favor. Un favor que favoreciera sin dudas la posición de su ciudad con la de la potencia de la época. Según Livio: “Nunca más los dioses nos presentarían ocasión tan favorable para ganar la obligación de un Estado tan poderoso ni tan cercano.”.

Cuando era el alba del tercer día de amotinamiento. Desde las murallas se divisó un ejército que estaba llegando. Entró el pánico porque fueran los etruscos o los volscos, pero luego se comprobó que no lo eran. Eran los tusculanos con Mamilio a la cabeza. Se le permitió la entrada a la ciudad y desfilando por ella de forma organizada se juntaron con las tropas del cónsul Publio Valerio mientras que el otro cónsul controlaba las puertas de la ciudad. Valerio, en calidad de autoridad proclamó que esta medida que tomaba no iba en contra de los intereses del pueblo, sino que el mismo, como tal, y por herencia familiar, estaba destinado a proteger al pueblo. Con protestas y todo de los tribunos, Publio Valerio y Mamilio se fueron al Capitolio para combatir a los amotinados. Livio relata la escena con genialidad:

Los romanos y sus aliados compitieron por ver quién tendría la gloria de recuperar la Ciudadela. Cada uno de los jefes animaba a sus hombres. Entonces, el enemigo se desmoralizó, su confianza sólo se apoyaba en la fortaleza de su posición; mientras desfallecían así, los romanos y los aliados avanzaron para cargar. Ya habían forzado su entrada al vestíbulo del templo cuando Publio Valerio, que estaba en primera línea animando a sus hombres, fue muerto. Publio Volumnio, un hombre de rango consular, lo vio caer. Dirigió a sus hombres para proteger el cuerpo, corrió al frente y sustituyó al cónsul. En el calor de su carga, los soldados no se dieron cuenta de la pérdida que había sufrido; obtuvieron la victoria antes de saber que estaban luchando sin general.

Herdonio fue muerto en la recuperación del Capitolio. Todos los exiliados y esclavos capturados fueron castigados con la muerte. Los libertos y los ciudadanos eran decapitados, los esclavos, crucificados. Luego de este hecho, el Capitolio fue limpiado de toda la sangre que corrió y solemnemente purificado. Los plebeyos, en agradecimiento, se acercaron a la casa del fallecido Publio Valerio lanzando monedas de cobre para honrar al caído y así tuviese un mejor funeral. Parecía que este suceso unía de nuevo a todo el mundo en Roma.

Ni bien se terminó el caos. Los tribunos presionaron al cónsul Cayo Claudio para que permitiera la votación de la ley, tal como el otro cónsul, Publio Valerio, prometiera antes de ir al Capitolio. El cónsul se negó hasta que se hubiera asegurado la elección de un nuevo colega, como data la tradición. En el mes de diciembre, después de los mayores esfuerzos por parte de los patricios, Lucio Quincio Cincinato, el padre de Ceso, fue elegido cónsul y de inmediato tomó posesión de su cargo. Los plebeyos al saber que el nuevo cónsul era al que recientemente habían jodido, familiar y económicamente, padre del exiliado Ceso, se deprimieron y temieron represalias. Tener en el poder al hombre que acabas de joder no es agradable.

Nada ocurrió con el nombramiento de Cincinato, y transcurrió el año con normalidad hasta las siguientes elecciones. Al siguiente año Roma se enfrentó con los volscos y los ecuos. Los primeros se enfrentaron en Anzio, y probablemente muchos de éstos huyeron luego de la derrota, pero los segundos se dirigieron a Túsculo, la ciudad que fue en ayuda Roma cuando estuvo en problemas. El ejército de Roma fue en ayuda de la ciudadela tomada y ni bien llegaron al lugar vieron imposible la tarea de recuperarla por la fuerza. Así que durante meses las ciudad de Túsculo fue sitiada y cuando los guerreros ecuos comenzaron a sufrir las consecuencias del hambre se entregaron. Los soldados fueron despojados de todo: ropa, armas, dinero y todo lo que se convertiría en el botín de guerra y se les dejó volver a sus casas. Cuando el botín era enviado vuelta a Roma, el cónsul Quinto Fabio Vibulano dio un giro y les alcanzó en el Monte Álgido y dio muerte a todos.

Si haber derrotado a dos terribles ejércitos no había sido suficiente sufrimiento y problemas, otro ejército aprovechó la ocasión para devastar las regiones de Roma. Y fue un inmenso ejército de sabinos que había llegado con sus estragos casi hasta las murallas de la ciudad. Para ese año, los nuevos cónsules fueron Lucio Minucio y Cayo Naucio, ambos alistaron tropas y al primero se lo envió a Monte Álgido, para combatir otra vez a unos renovados ecuos y al otro a detener a los sabinos. El primero apostó su ejército y construyó un campamento atrincherado y enviaba, generalmente por la noche, pequeños destacamentos que produjeron tal destrucción en territorio sabino que las fronteras romanas parecieron, en comparación, indemnes por la guerra. Lucio Minucio en cambio no hizo mucho más que acampar y no moverse de su posición. Esto no hizo más que envalentonar a los ecuos que aprovecharon la oscuridad de la noche para atacar el campamento. Como no tuvieron éxito, comenzaron a sitiarlo. La situación era desesperante y antes de que la circunvalación del campamento estuviese sitiada 5 jinetes salieron con vida hacia la ciudad llevando las desesperantes noticias. Ante tal situación y la incompetencia de Minucio al no regresar a la ciudad, los romanos entraron tanto en pánico como si la ciudad misma estuviera sitiada y no el campamento. Para resolver este problema, se decidió elegir a un dictador y los senadores eligieron por consenso unánime, a Lucio Quincio Cincinato.

Y ahora, imaginen la situación. Una delegación del senado va al otro lado del río Tíber donde Cincinato vivía, en terreno no muy grande y una modesta choza con su esposa. La delegación lo encontró trabajando la tierra, como de costumbre. El pobre Cincinato no estaba ni enterado de lo que sucedía. Mientras se secaba el sudor y se quitaba el polvo ordenó a su esposa que le trajera su toga. La delegación ahí mismo al entregarle la toga de dictador y se lo llevaron a Roma, donde sus amigos e hijos y la mayoría del Senado le esperaban para recibirlo. Escoltado por esta reunión numerosa y precedido por los lictores, fue conducido a su casa. El pueblo estaba en descontento al enterarse de nuevo que Lucio Quincio fuera nombrado dictador. Y con mucha razón lo tenían: podía traer de nuevo a Ceso, ejecutar a cuanto plebeyo se le cruzara por la mente y ni así sería culpable de todo. Siendo dictador tiene todos los privilegios así que la ciudad estaba bien asustada de este hecho. Pero aún así, con todo ese poder y las razones para abusar de ello, Cincinato no hizo nada más que proteger la ciudad esa misma noche.

Al día siguiente, Cincinato prohibió toda actividad comercial en la ciudad. También canceló todos los asuntos públicos y llamó a todo aquel en condiciones de lucha para que se presentase más tardar, al atardecer en el Campo de Marte y para el día siguiente, salir a marchas forzadas hacia el Monte Álgido para salvar a sus compatriotas sitiados. Cuando Cincinato ya se había acercado al lugar, rodeó con ejército buscando el mejor ángulo para atacar a los ecuos, los cuales estaban relajados sitiando al resto de los romanos en el campamento. Lo que hizo Cincinato fue genial: esperó a la noche y cuando ésta estaba ya en su punto, con su ejército bajó en silencio. Cada soldado llevaba estacas de madera –las típicas de fortificaciones de legionarios– y a su orden, todo el ejército gritó clavando las estacas en la tierra generando así una barrera que no dejó lugar para que operaran ni los soldados a caballo ni a los de pie del ejército enemigo. El ejército de ecuos se vio en serios apuros y los romanos del campamento al escuchar el grito de los romanos supieron que venían en su ayuda. La cosa ahora había cambiado, la moral de los sitiados se transformó en motivación para salir a luchar y fue así como Minucio aprovechó la oportunidad para salir a combatir. Cincinato, por la parte de detrás comenzó a cerrar el círculo impidiendo que los ecuos no pudieran evitar ser flanqueados, para cuando estos se dieron cuenta de la situación, ya era muy tarde: estaban encerrados entre dos ejércitos. Los ecuos enviaron avisos de rendición si ambos ejércitos les salvaban la vida y así lo ordenó Cincinato, sin antes, como humillación definitiva hacerles pasar arrodillados bajo el yugo.

La reprimenda de Cincinato hacia la incompetencia del cónsul no se hizo esperar. El botín de guerra, que era abundante, se lo entregó a sus soldados y al ejército de Lucio Minucio no les dio nada, según Tito Livio, les dijo secamente:

“Vosotros, soldados”, dijo, “os quedaréis sin vuestra parte del botín, pues vosotros mismos sois parte del botín arrancado al enemigo; y tú, Lucio Minucio, mandarás estas legiones como general hasta que muestres el ánimo de un cónsul.”

Nadie rechistó ante tal decisión y el cónsul Minucio renunció a su consulado para quedar como un General bajo las órdenes de Cincinato. Al llegar a Roma, entró triunfal con los líderes del ejército ecuo encadenados (y luego probablemente lanzados por la Roca de Tarpeya); el botín de guerra y su soldados. Cincinato quería renunciar a su magistratura ahí mismo, pero los patricios le convencieron para que juzgara a Volscio Fictor por falso testimonio y así lo hizo, condenándolo al exilio también. Luego de esto, renunció a su magistratura y se retiró a la soledad de su humilde hogar para seguir arando la tierra.

Adendum

Dictador. Uno escucha esa palabra y se le hiela la sangre. A mí se me hiela también, tranquilos. En el siglo 21, casi todo el mundo rehuye de las dictaduras. Pero en la antigüedad, la dictadura era un mal necesario y, aunque les sorprenda, normalmente era bienvenida. Claro está, salvo casos muy concretos, la dictadura siempre fue la carta bajo la manga para la supervivencia del pueblo romano. Con el tiempo, los dictadores evolucionaron en la figura del príncipe. No, no el príncipe azul, apuesto y valiente, hijo del rey, sino, del cargo que el emperador Augusto recibió para evitar ser visto como otro dictador más. La palabra príncipe viene del latín princeps (primer ciudadano o las derivaciones: primero en el tiempo o el orden; el primero, el jefe, el más eminente, distinguido, o noble; el primer hombre, primera persona.) y Augusto la utilizó para engañar al pueblo y al Senado haciéndole creer que lo suyo era simplemente una devoción hacia el servicio del pueblo y nada más gobernando así hasta el día de su muerte.

Cuando la dictadura fue ofrecida a mí, tanto en mi presencia y mi ausencia, por el pueblo y el Senado, cuando Marcus Marcellus y Lucius Arruncio eran cónsules yo no lo acepté. –Augusto

Con esto Augusto no sólo terminó la institución de la dictadura, sino que inició lo que sería el movimiento imperialista y que dio un vuelco en la historia romana como la conocemos. Una persona que tenía el poder de tribuno, el poder consular y el militar. Era como un dictador disfrazado con otro nombre. Una historia donde no había falta de dictadores, el Emperador ya lo era. La diferencia radicaba en que el cargo era vitalicio y se heredaba. Si bien en la modernidad aún quedan apenas unas pocas dictaduras, todavía quedan reyes en pie y un último emperador, Akihito que todavía gobierna con otras maneras que no son nada iguales a las de antaño, diría que podemos respirar tranquilos.


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