La severidad romana

D·M·Lafuente·Scripsit·Date·11/01/2014

Nunca me he puesto en la piel del narrador histórico. Lo cierto es que hace más de 15 años que dedico tiempo libre al estudio de la historia clásica y, a la moderna también (cuando hay tiempo de sobras). De toda la historia, personalmente, la romana es la que más atractiva encuentro. En todos estos años descubrí una cantidad de sucesos y personajes de lo más variopintos. Los romanos han sido una sociedad bastante particular y quizás la más atractiva de todas debido a la incontable cantidad de cosas con las que nos sentimos identificados. De ellos hemos heredado tanto el idioma como una decena de aspectos sociales y culturales. Ahora, con todo este legado, el romano promedio de La República –o de la época imperial– era muy distinto a cualquier republicano de esta época. No me refiero a que ahora tenemos Playstation, Whatsapp y antes la gente iban con camisón y sandalias, hablo de los valores. Antes los valores eran otros.

En la época de La República1, los valores que definían la famosa virtus romana eran: la frugalidad, severidad, rectitud, dignidad y el servicio a la patria por sobre todas las cosas. Eran los valores que se enseñaban como meta personal a cada romano. Todas estos valores componían la virtud romana y era característica básica, de éxito y renombre, que perseguía cualquier romano noble además de, combatir la calvície y estar en forma física para realzar la hombría. Hoy quiero contarles sobre la severidad que caracterizó al pueblo romano, como lo forjó y qué tipo papel jugó su desarrollo.

Cuando llega la muerte, la gran reconciliadora, jamás nos arrepentimos de nuestra ternura, sino de nuestra severidad.

Bruto y la República

De acuerdo a Tito Livio, la República Romana, como la conocemos, se fundó a partir de las acciones de Lucio Junio Bruto hacia el año 509 a. C. Bruto era un noble patricio de la familia de los Junio que, al enterarse que Sexto Tarquinio –hijo del rey Tarquinio el Soberbio– había violado a Lucrecia, decidió armar una revuelta que causaría el inicio de un nuevo gobierno. Para entenderlo bien: moría gente todos los días en Roma. A pesar de tener innumerables defensas, vivir en Roma no era lo mismo que vivir la Barcelona actual. No había policía, básicamente, solo unas pocas patrullas de vigilantes y éstas eran compuestas por hombres que eran pagados por los ricos. Así que todos los días habían problemas de toda índole y a más de uno lo pasaban por la piedra según la hora y el barrio donde estuviera o bien por vendetas de todo tipo al mejor estilo mafia. Una muerte más o una menos, no era el problema. Pero Lucrecia no era una cualquiera más. Lucrecia era una patricia, y como tal, dentro la escala social estaba por encima de mucha gente. Matar a un patricio era un tema delicado y era elegido como última opción sabiendo que traería muchísimas consecuencias. Ella además poseía una dote y tenía un cognomen2 bastante importante, era la hija de Espurio Lucrecio Triciptino, por lo tanto, tenía una reputación y un honor que mantener por sobre todas las cosas. Además era esposa de Colatino, que era primo de Sexto Tarquinio.

Tarquinio, celoso de Colatino y fervorosamente enamorado de Lucrecia, aprovechó que éste estuviese fuera de su casa para pedir hospitalidad a Lucrecia, qué casualidad, ¿no?. Una vez dentro de su casa y aprovechando que era de noche, fue hasta su recámara sorprendiéndola ya en su cama. Lucrecia, al ver a Sexto en el pórtico, se alteró bastante, porque supo que pasaría. Ella no temía por su vida. Una patricia era educada de tal forma que era más digno morir que el deshonor. Sexto Tarquinio sabía este detalle, y a pesar que la tenía amenazada con su espada, urdió una extorsión mejor: amenazó con matarla, pero además, matando también al esclavo más bello de su casa, para luego juntar ambos cuerpos desnudos en el lecho. De esta forma, Sexto podría argumentar que había sorprendido a Lucrecia en el acto con un esclavo. Sexto, al haber matado a Lucrecia y al esclavo, estaba salvando el honor de Publio Valerio Colatino, su familiar y mejor amigo –vaya amigo, ¿no?– pero además poniendo a Lucrecia y a toda su familia ante una humillación pública de la cual tendría consecuencias durísimas. La bella Lucrecia no tuvo más opción que aceptar la demanda de Sexto, dejándose violar sin llamar la atención dentro de su casa. Al finalizar, Sexto la dejó con vida. Pero a pesar de estar respirando, Lucrecia, ante semejante ofensa, se sentía más muerta que viva. Llamó a su padre; a su esposo y ante ambos entre sollozos y rabia, relató lo sucedido, clamando venganza contra Sexto Tarquinio. Al terminar el relato, para no sufrir más la humillación de haberse dejado violar, se quitó la vida con un puñal al grito de:

¡Ninguna mujer quedará autorizada con el ejemplo de Lucrecia para sobrevivir a su deshonor!

Su padre, Espurio, entró en ira y cargada en sus brazos se la llevó todavía sangrando a la escalinata de un templo, junto con Colatino y Bruto, su mejor amigo. Bruto, que ya llevaba tiempo tramando el derrocamiento de la monarquía, vio la oportunidad ideal para armar una revuelta con el populacho y así lo hizo. Quitó el puñal con el que Lucrecia se había quitado su vida y alzándolo en el aire juró vengarse de Tarquinio y toda su familia. El público, que era fácil de encandecer entró en frenesí, generando así una revuelta por toda la ciudad. Roma en cierta forma estaba acostumbrada a las revueltas y era la cosa que los políticos siempre trataban de evitar a toda costa, pero ésta tuvo tanto éxito y causó tanta indignación que terminaría acabando con la expulsión de los Tarquinio y de todo aquel a favor de la monarquía. Cuando la revuelta ya se había calmado un poco, se creó un vacío de poder. Esto fue rápidamente solucionado creando una cámara formada por los aristócratas más importantes que darían forma a lo que se conoce como el Senado y así nombraron, ejem, a dos magistrados más con la responsabilidad máxima de ejecutar las decisiones de la cámara, se los llamó primero pretores y luego cónsules.

Siendo éstos Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquinio Colatino (marido de la difunta Lucrecia) los primeros cónsules de la república. Bruto juró en público que defendería la república de posibles reyes con su vida si fuera necesario y obligó a la población a hacer el mismo juramento: que no aceptarían jamás una monarquía. Entrado ya el gobierno, lo primero que hizo Bruto fue lograr expulsar a su compañero cónsul, Colatino, porque tenía parentesco directo con la familia etrusca de los Tarquinios y porque para aquella época, tener el apellido Tarquinio no era nada agradable. Lo curioso de este hecho es que Bruto era hijo de la hermana de Tarquinio el Soberbio, por lo tanto, paradójicamente pensándolo, tenía más relación éste que el mismo Colatino.

Pero aquí no se acaba la historia ni del ejemplo de la severidad de Bruto. Posterior a la instauración de La República, ocurrieron una serie de hechos, conspiraciones y traiciones perpetradas por los expulsados Tarquinios y algunos de sus seguidores que seguían ocultos dentro de las murallas de la ciudad de Roma. Éstos seguidores, por muy ilógico y gracioso que fuere, seguían intentando recuperar la monarquía en vez de ser ciudadanos libres bajo un gobierno republicano. Entre estos conspiradores se encontraban nada más y nada menos que los mismos hijos de Bruto: Tito y Tiberio Junio Bruto. Descubierto el complot, Bruto no vaciló en tomar medidas y demostrar la severidad de su ser; pero sobre todo, de lo serio que fue su juramento y de la imparcialidad que poseía. Ordenó capturar a sus hijos y al resto de los conspiradores. Y así fue, en un acto público donde ordenó a sus lictores que con sus fasces decapiten a cada conspirador, entre ellos y para el asombro y la incredulidad de todo el pueblo allí reunido, a sus propios hijos como prueba de su compromiso con la república. Es así como este hecho quedó como uno de los primeros actos de la auténtica severidad del ciudadano romano poseedores del auténtico virtus y deber hacia la patria. Varios siglos después, otro Bruto, esta vez Marco Junio, junto a otro grupo de senadores, asesinaron a Julio César para liberar a la república de otra dictadura.

La severidad de Tito Manlio Torcuato

En la modernidad, es impensable pensar que un padre mate a un hijo, incluso, si éste ha cometido un error grave, pero en la antigua Roma, no era un problema. Tito Manlio Capitolino Imperioso Torcuato o simplemente «Torcuato», fue otro de esos romanos con auténtico virtus y fue considerado durante mucho tiempo como héroe favorito de la historia romana. Salvo por César o Augusto, éste fue bastante condecorado. De Tito Livio podemos descubrir que Tito Manlio fue una persona con bastante disciplina, agallas y que también fue famoso por su primivita y extrema severidad, algo que incluso sus compatriotas criticaban por aplicarla siempre de forma excesiva. Para demostrar su intransigencia destacan dos sucesos en su vida que son dignos de relato.

El primero, con el que se ganó el sobrenombre y la posterior inmortalidad, fue en su juventud en el año 361 a. C., cuando estaba en el ejército bajo el mando del dictador Tito Quincio Penno en plena guerra contra los galos. Según las narraciones de Tito Livio, ambos ejércitos estaban enfrentados pero sin entrar en escaramuzas. Mientras que en el bando galo las provocaciones nunca cesaban con improperios y algún que otro proyectil, en el lado romano reinaba la disciplina y el autocontrol. Toda la tropa mantenía la línea y nadie iba por cuenta propia a cortarle el pelo a su enemigo. La disciplina en el ejército romano siempre fue conocida porque se aplicaba y nadie se salvaba. Esta disciplina hacía que la legión se moviera como una pieza viva y organizada, frente a lo caótico que eran en general los ejércitos formados por las tribus bárbaras. El relato, que ha sido exagerado más o menos por diferentes historiadores, cuenta que un inmenso galo salió de las líneas enemigas retando a los romanos a un duelo para ver cuál de los pueblos era el mejor y ante la negativa del impertérrito ejército romano, el gigante galo comenzó a burlarse, sacando la lengua y haciendo gestos mientras seguía retando al enemigo. Esta era una práctica muy común en la guerra, la de poner a los dos campeones y que éstos se batieran en duelo y así definir, sin más bajas, el resultado de una guerra. Pero con el tiempo, esa antigua práctica –quizás griega– había dejado de interesar a los romanos y a partir de aquí dejaron de aceptar duelos. Igualmente, este gesto ofendió profundamente a Tito Manlio, que todo pertrechado se fue hasta el dictador Penno para pedirle permiso de ir a matar a ese galo, según las narraciones de Tito Livio:

¡General, sin tu permiso jamás lucharía fuera de la formación, ni aunque viera una victoria segura! Si tú me lo permites, quiero mostrarle a esa bestia, ya que tan ferozmente se pavonea entre los estandartes enemigos, que yo soy descendiente de esa familia que expulsó a las tropas galas de la piedra Tarpeya

Tras la argumentación debida, el dictador Penno accedió a la petición de Tito Manlio, el cual todo decidido se fue hasta la posición del galo y aceptó el reto. La diferencia física entre ambos quedó bien patente: Tito Manlio era bajo y menudo, mientras que su oponente, alto y robusto. Aún con esta desventaja, cuando comenzó el duelo, previo subestimar a su oponente con burlas, el pedante galo comenzó su ataque un golpe de una fuerza brutal pero de ineficaz técnica, algo que pudo ser contenido con el escudo de Tito Manlio sin ningún problema y éste, en respuesta, con un movimiento de manual de instrucciones, apartó con su escudo la parte inferior del redondo y pequeño escudo del galo y asestó la punta de su gladio en la ingle del mismo. En un abrir y cerrar de ojos le siguió otra estocada más al vientre, girando la empuñadura para abrir más la herida, como siempre aconsejan los centuriones en el entrenamiento, dejando que el gigante se desplomara en el suelo. Mientras que los galos eran conocidos por su corpulencia, fuerza y bravura, éstos normalmente peleaban de forma frenética y sin técnica concreta, los romanos, en cambio, eran instruidos en el arte de la guerra y en particular en el uso de su espada con escudo, algo que Tito Manlio aplicó a la perfección.

Muerto el perro se acabó la rabia. El enemigo, al ver a su campeón caer en pocos segundos, enmudeció. Pero si la humillación de ver a su mejor y más bravo luchador morir no era suficiente, Tito no dejó pasar la oportunidad de decapitar al gigante galo para quitarle y lucir en su propio cuello la más preciada posesión de un noble galo: un torque de oro. El torque era un collar ornamentado que determinaba en cierta forma la importancia de esa persona en la sociedad gala. No cualquiera llevaba un torque y quienes lo tuvieran definían la importancia de esa persona en la sociedad según su tamaño y el trabajo de ornamentación que tuviese. Es como el coche en está época, quien tiene el mejor coche está visto como el más exitoso, pues con los galos pasaba algo parecido con sus torques. A partir de este famoso evento, Tito Manlio se ganó el sobrenombre (agnomen) de Torcuato, un sobrenombre que perduró durante generaciones.


El segundo, que le valió el odio entre los jóvenes romanos durante generaciones, fue el ejemplo que demostró en las Guerras Latinas, que enfrentó al ejército romano contra el compuesto de la Liga Latina allá por el 339 a. C, 170 años después de la fundación de la República. Fue en un batalla, conocida como Batalla del Vesubio, que terminó por definir la superioridad de Roma en todo el Lacio. Tito Manlio Torquato y Publio Decio Mus estaban a cargo de los ejércitos y decidieron traer de nuevo todos los valores antiguos de la disciplina del ejército. Es así que acampados ambos ejércitos, los cónsules hicieron el anuncio de que ningún romano debía entrar en combate singular bajo pena de muerte. Aún con esta advertencia, el joven Manlio, hijo de Torcuato y varios de sus amigos del ejército salieron en respuesta a las provocaciones de algunos de los guerreros, éste vio la oportunidad de ganar gloria al aceptar el desafío de uno en particular. De acuerdo a Livio, un noble campeón de las filas enemigas llamado Geminus Maecius logró provocar al hijo de Manlio. Éste aceptó el desafío; mató a su adversario y llevó el botín de sangre en triunfo a su padre. Tito Manlio Torcuato, al enterarse que su hijo había desobedecido llamó a la legión a ponerse en formación y en una demostración de severidad ejecutó a su hijo ahí mismo. Con esta acción, Tito Manlio se ganó la reputación de ser el hombre más severo de su época. Debió ser una escena impactante ver a un compañero de las filas morir por haber traído un triunfo. De ahí nació el famoso término Manliana imperia (disciplina manliana).

Con los años en el ejército siguieron ejemplos de severidad. El famoso decimatio (diezmado) era temido en el ejército tal como podemos leer de Suetonio, pero rara vez practicado. Marco Licinio Craso aplicó en su ejército este castigo luego de haber huido en combate contra el ejército esclavo de Espartaco. Y aunque Marco Licinio Craso era severo, éste lo era como cualquier romano de éxito de su época al mando de gente. Y aunque haya aplicado una norma de castigo antigua y terrible, en mi opinión, nunca le caracterizó este papel ni tampoco eclipsó la severidad de los anteriores mencionados.


Realmente el objeto de esta entrada no es valorar la severidad como virtud a seguir ni mucho menos. Eso cada uno lo valorará según sus cánones. Pero siempre que se habla de ella se carecen de datos que muestren los ejemplos extremos de la misma. Dentro de toda la fascinante historia, en la romana, la severidad jugó un papel importante, y fue tanto, que sin ésta no hubiera existido tal disciplina que los ejércitos hubieran podido adoptar para derrotar e imponerse en las incontables batallas que han librado o bien muchos hombres de bien hayan tomado medidas de progreso notables para la época. Hasta cierto punto, no hubiese sido Roma lo que fue, y hasta quizás ni siquiera hubiese sido una república.

  1. Del año de la Fundación 509 a. C. hasta el 27 a. C.

  2. Equivalente a un apellido.


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