Las prisiones llamadas aeropuertos

D·M·Lafuente·Scripsit·Date·06/06/2005

El aeropuerto es el lugar que más grima me da. No sé porqué, en todos los aeropuertos que he visitado me siento un delincuente. No me mal interpreten, no voy pensando en delinquir, es que, inevitablemente me hacen sentir uno. El aeropuerto es aquel lugar donde, de alguna forma u otra es territorio hostil, dominado por una fuerza policial. No importa que pasaporte lleves, color de piel, color de ojos, ropa… siempre te van a mirar como un posible. Pasas por controles, intensivos y muy frecuentes. Caminas tranquilo por el hall o los pasillos y cuentas un centenar de cámaras. Tu maleta abierta es tu DNI. Te paran cuando quieren y donde quieren, te llevan a donde quieren te interrogan y deciden tu suerte ahí mismo.

No sé si alguien lo ha experimentado, este acoso a la americana, pero hoy escribiré algo que me quedó en el tintero desde hacía ya dos años. Es un pequeño relato de mi viaje de vuelta a Barcelona desde Buenos Aires.


Buenos Aires, cercano al día 24 de mayo,

Con dos horas de antelación facturo mi equipaje en Buenos Aires. Luego de estar en el bar con la familia aprovechando los últimos minutos antes de partir, junto mis cosas y paso el control policial y de inmigración. Es curioso este procedimiento. Primero pagas una tasa área normal que te permite acceder a este control. Una vez en una interminable cola de personas, pasas tus bolsas por el detector. Aquí es donde comienza el primer mal trato. Primero te miran, es la primera prueba para descubrir si eres un terrorista o un narcotraficante en potencia, la vista parece que sigue siendo un método ideal para salvar al mundo. Se te acercan, te piden pasaporte, te miran a la cara y te preguntan a donde vas, porqué viajas, etc. Puedes estar seguro que, el menor atisbo de nerviosismo (llegar tarde a tu viaje) hará que empeore las cosas. Olvídate de recibir un trato amable, las preguntas son secas y se nota el trato de autoridad a individuo en todo momento. Tienes todo en orden, le dices: –voy a Barcelona, vivo allí y trabajo– junto con una sonrisa normal. Pasas, te miran y pareciera que con su mirada te dijera: –zafaste, la próxima será. Así viví más de una vez un control de este tipo, me sentí como una persona culpable de algo, no sé quizás hice algo malo en el pasado y ni me he enterado.

Segundo control, el inmigratorio. Aquí es la perla de las perlas. En 10 segundos un individuo escanea tu pasaporte, tu NIE y mira tu ticket de avión para preguntarte: –¿a dónde vas? ¿a qué vas a Barcelona?. Es ahí donde me pregunto ¿qué tiene de importante decirle a que ciudad voy? ¿descubrirán ahí mis malvadas intenciones de conquistar el mundo por la fuerza? ¿Descubrirán una nueva forma de terrorismo? Con un amable gesto de sonrisa le digo que voy a Barcelona, que vivo y trabajo allí. Me sella el pasaporte y sigue en lo suyo. También este control va acompañado de una hostilidad que no tiene precedentes, eres algo no grato, no recibirás ninguna sonrisa sino una cara de velorio y unas miradas de eres una escoria humana, pasas el control ya estás en un territorio donde no existen banderas, estas en la frontera más estúpida del mundo.

Una vez pasado todo esto, entro al avión y coloco mis cosas en la zona de equipaje. Trato de llevar sólo una bolsa con las cosas esenciales. Otra media hora de gente yendo y viniendo, gente que no sabe su asiento, tiene 3 maletas tamaño familiar, gente que pone sus cosas se sienta pero luego se levanta a abrir el maletero y sacar cosas de los bolso, todo esto contabiliza (desde que entro al aeropuerto y me siento en el avión) casi tres horas.

Luego de que todo el mundo se sentara y los motores se pusieran en marcha, el viaje no podía ofrecer más que un incómodo asiento y niños llorando por los alrededores. Trato de relajarme, pongo algo de música e intento dormir. Llevaba 6 horas volando, el GPS del avión indicaba que estábamos en el medio del océano, cuando en un momento comienzo a sentir un leve giro en dirección contraria. Automáticamente el GPS muestra como el avión hace un giro de retorno y poca gente se había dado cuenta. A los 5 minutos suena la voz del capitán y dice en italiano, castellano e inglés: —señores pasajeros, les habla el capitán, tenemos un problema en el avión y tenemos que volver a Brasil para arreglar la pieza rota. Genial, no podía sentirme más tranquilo, volando por el océano y con el avión roto.

Por suerte aterrizamos bien. El aeropuerto de Brasilia creo que era, tiene carreteras que pasan por debajo de la pista del avión. Te bajan del avión, me llevan a una sección del penal, digo, del aeropuerto, que es especial para estos casos. Miro a mi alrededor y todo el mundo con furia, preguntándose que mierda pasaba y nada, lo normal, viene una encargada y dice: –os daremos de comer en media hora, vendrá un avión (de no sé donde), aterrizará y le sacarán las piezas para ponérselas a nuestro avión, y además nos dice: –el piloto lleva sin dormir más de 14 horas y aprovechaba para dormir algo, según las regulaciones estaba volando con horas de más, algo totalmente negligente. Es ahí cuando me acerco a la chica que se sienta al lado mío y le pregunto en castellano si quería tomar algo en el bar. La chica me mira dos segundos y me dice en un inglés con un acento raro que no había problemas. Comenzamos a hablar inglés y ahí conozco a una chica de Chipre, que viajó a Río Negro a visitar a su novio, un militar que conoció por Internet. –Esto del Internet –digo– y entre otra de las cosas, se acercó un británico, negro africano con rastas al mejor estilo Frank Reikjard y con buena onda comienza hablar con nosotros. En nada éramos como 6 o 7, todos bebiendo cerveza sin parar, –¡no que invito yo! decía el británico con un fajo de dólares en la mano, a lo que esto por lo bajo me dice: –los dólares son una puta mierda, apestan, no veo la hora de cambiarlos por nuestra moneda. Me río y agarro la cerveza que me acababa de comprar y comenzamos a hablar de las cagadas que se mandaban las empresas de vuelo. El británico comenzó a decir que lo malo era haber viajado con Alitalia (la compañía que se supone donde viajábamos todos) porque no era la única vez que oía que pasaban cosas. Decía que, lo mejor era volar en British Airways, porque tenían mejores aviones y un servicio muy puntual. A lo que luego de esta pequeña charla, vino otra: hablar de aviones, a lo que los seis más próximos a mí junto con el británico comenzaron a hablar de aviones como si de su afición se tratara. Hasta el británico se atrevió a decir que nuestro avión era viejo y que ese modelo tenía una lista interminables de accidentes fatales, lo dijo así, a modo de chiste pero todos tenían así como una cara de risitas cómplices, imaginé que por dentro rezaban que nada de ello ocurriera y fueran parte de esa estadística.

Contabilizo 4 latas de cerveza en mi estómago ya, voy al baño y en el pabellón donde estábamos no tenía idea donde estaba el baño. La señalización en esa área del aeropuerto parecía descuidada, una zona donde parece que no hacía falta ese tipo de tratos. Miro a los costados y veo una puerta que da a un largo pasillo, muy estrecho y como no, descuidado. Sigo caminando y veo por fin lo que parecen ser dos puertas separadas por un espacio que me resultan familiares, los baños. Cuando volvía al bar, en el área donde estuvimos al principio seguía habiendo mucha gente con sus pasaportes en mano y hablando entre ellos. Me acerco a ver si ya nos servirían la cena y nada, me digo a mi mismo que no hay problema alguno ya me avisarán. 6 latas eran ya lo que llevaba bebiendo y sinceramente ya estaba adormecido, bajo el control total del alcohol y riéndome sin parar con la gente y sus historias de todos nos estrellaremos con el avión. El altoparlante suena avisando que tenemos que abordar y cogemos las bolsas para subir. No cenamos nada hasta más entrada la noche.

El alcohol realmente me durmió y no me desperté hasta Roma. Una vez en el aeropuerto, mi cabeza hacía tic tac tic tac, reaccionaba sólo para lo mínimo, además me sentía sucio ya de llevar más de 17 horas de aquí para allá. Quería un baño y tirarme en el sillón a escuchar música pero no, justamente tenía que pasar una pequeña estadía en la prisión de Fiumicino, un aeropuerto grande y lleno de italianos, ¡ja!

Con bolso en mano y con ganas de tomarme el vuelo a Barcelona, paso el primer control de explosivos, armas o cualquier objeto pueda causar daño al mundo. Me piden el pasaporte, me miran a la cara y me preguntan en italiano donde iba. Lo mismo, me miran como diciendo: –esta vez te lo perdono, sigue por allí, escoria humana. 4 horas después de la hora de salida de mi vuelo a Barcelona me encontraba entre medio de pasillos parecidos a los que se usan en los mataderos de vacas que te llevan de un lado a otro; te hacen doblar y seguir otro pasillo que luego te hace doblar y te preguntas si no podrían hacer un puto pasillo directo al tema. Miro un cartel que decía algo en italiano sobre los alimentos y las enfermedades junto con una multa que dolía de leerla (algo así como 500 euros), y otra vez dije –que problema tío, si llevas una puta bacteria por haber comido un Frankfurt de un estado dudoso te podían meter preso o hacerte pagar una super multa, this is hardcore. Pues en el instante, pensando en todas las preocupaciones del vuelo, llegar temprano a casa y no perderte la fiesta me topo con otro control más. Otra vez no tengo idea porqué otro control más, ¿qué es que en el transcurso del primero y este puedo hacerme con una Kalashnikov? Paso el control normalmente, veo un tío, vestido de paisano que me sonríe, como idiota no le hice otra cosa que ponerle la mejor cara de piérdete y no me toques los huevos, a lo que éste responde con un gesto de acércate junto con una identificación en la mano derecha. Era un policía, me pide el pasaporte y comienzo la búsqueda busco. No lo encontraba, llevaba uno de esos pantalones skaters con 20 bolsillos y realmente me cabreé de pensar que se me podía haber perdido al meterlo en el bolsillo de forma apurada, con lo que el policía me dice en italiano: estás un poco nervioso. Cagamos, el famoso detector visual de alteraciones mentales ponía en marcha el plan B: tú no vas a ningún lado, tú te vienes a esta habitación anexa al control de rayos x.

Dentro de la habitación, con mi pasaporte en la mano el tío me dice en un castellano: –tú tener bonita voz. Al principio pensé que me estaba tomando el pelo, luego me dijo: –tu Sudamérica tener voz linda, hablar bonito. O sea, que depende como hablamos te detectan si eres un posible delincuente, genial la policía italiana, es lo más elite que vi en mi vida. En la habitación habían 4 policías, uno de ellos el más gordo, me miraba mientras hablaban un italiano veloz e complejo con otros dos polis más el que me detuvo. Me hicieron miles de preguntas en un castellano de principiantes y mientras me preguntaban, entraron las típicas preguntas: ¿dónde vas? ¿qué haces? ¿cómo te llamas? Etc. Una pérdida de tiempo. Yo estaba cansado, extenuado del viaje y la mala atención y encima tenía que tolerar esta falta de respeto. Mi cosas abiertas en dos grandes mesas. Era surreal la imagen de los polis revisando cosa por cosa. No sabía lo que buscaban. Mi cartera y todas mis tarjetas de crédito y documentación en otra mesa. Decenas de llamadas de teléfono y en un momento pido agua. –No tenemos agua –me dice el policía de paisano en un tono agrio. El gordo se acerca y esforzando el castellano me dice: –¿estás seguro que no tener nada ahí no? –señalándome el estómago—a lo que lo acompaño otra advertencia del policía que me detuvo: –Mira que, si tu me dices que tienes algo en el estómago, yo te mando en el avión de vuelta y ningún problema, ahora si vamos al hospital tienes algo en el estómago son veinte años de cárcel, mientras hacía el gesto de las manos esposadas. En ese momento me dije que no podía tener más mala suerte. Yo, justo a mí, pillarme por tener alguna bacteria o alguna cosa que no estuviera documentada y caer preso por comer algo en mal estado. Siguen las gestiones, pasa otra hora. Pido fumar, me dicen que no se puede fumar. Pido agua, me dicen que no tienen. Pido ir al baño, me dicen que no puedo, que debo esperar que ya me llevarían al hospital a hacerme una revisión. ¿Hospital? Le digo sorprendido, esto va más lejos de lo pensado. Se van todos los polis y me quedo con el poli que me detuvo. Entre el silencio de la espera, me pregunta en un castellano malo y con una mirada tierna así como si fuera un amigo que te recomendara que recapacitaras, que no iba a pasar nada malo: –tú dime si no tienes nada, mira que si mientes vas a la cárcel. Es ahí cuando me enervo y le pregunto: –¿tener qué mierda en el estómago? Y me dice: –cocaína. Me largo a reír, no lo podía creer, yo el traficante de cocaína ¡ja! Le digo que quiero ir ya mismo al hospital, que no puedo perder más tiempo porque mañana o tengo una reunión y me parecía una falta de respeto y un abuso grande todo lo que estaban haciendo. Le pregunto también el nombre completo al policía que me había detenido, no me lo dice, me esquiva la pregunta, le exijo que se apure porque me estaba tocando los cojones. Sigue el silencio en el cuarto, el poli caminando en círculos y mirándome como si de un juego verdad mentira se tratara, no podía salirle peor la cosa. Buscaba entre los libros algo, pasaba las páginas como si fueran a tantear un manojo de billetes y nada. Coge mi tarjeta Visa y la American Express, mira la AMEX y me dice: –¿funciona esta?, ya aburrido de todo y bastante agobiado le digo que sí, pero que antes de preguntármelo que lo compruebe el mismo. Pasan cinco minutos después de las preguntontas y por fin me dice que recoja mis cosas. Las fotos de mis amigos y familia que habían sacado de mi bolsa y tirado como si fueran meros papeles sobre la mesa tuve que recoger, todas las hojas, mis tarjetas, el dinero que llevaba, todo con una indignación que no os creeríais. Cargo mi mochila al hombro y el poli me espera en la puerta con las manos en los bolsillos traseros del pantalón. Le digo ¿vamos ya al hospital? Y me dice que si, pero a los 3 metros saliendo por la puerta me para y me dice: -deja, vete a Barcelona. Yo le respondo que no, vamos al hospital, que me quería hacer la puta revisión, me dice que no así agachando la cabeza. Le miro y le digo: –gracias ¿me dices tu nombre?–Dani, me dice con la cabeza gacha y escapando una sonrisa. Le digo ciao y camino en dirección al tercer y último control, el de inmigración.

Mientras caminaba al control de inmigración pensaba en lo mal que la he pasado en una hora. Sentirte que eres un criminal en potencia no es nada saludable. De hecho pensé como sería mi vida si me dedicase a ello. Pensar que el más mínimo elemento (un cortaplumas) ya te complica las cosas y por más que tengas un pasaporte europeo, color de ojos celestes te van a follar igual. Llego al control inmigratorio, esta vez no es tan rápido como el anterior, al contrario en Buenos Aires la cosa empeora, porque una tía mal follada decide si te quedas o no en Europa. Me encanta, porque las preguntas que hacen son espectacularmente idiotas, se piensan que, preguntándote esto van a salvar al mundo. Esta gente tendría que limitarse a controlar que tu pasaporte esté en regla y listo, el resto es tema secundario, tampoco nadie viaja en avión sin un puto duro, así que, te pregunten: ¿dónde va usted? ¿cuánto dinero llevas? Me parece que no es el mejor ejemplo de inteligencia policial. La primera pregunta, teniendo tu pasaje en sus manos, donde pueden leer con letra para subnormales el destino, la hora y el asiento en que te sientas no me parece gran problema. Segundo, preguntarte cuánto dinero llevas me parece otra tontería, puedes tener dinero en cualquier cuenta del mundo y disponer de él cuando te plazca, así que no voy a estar con 1200 euros en el bolsillo, además las tarjetas de crédito y otras cosas que pueden demostrar solvencia ya lo dicen todo. La mujer con una cara de culo me dice: ¿Dónde va usted? ¿Cuánto dinero llevas? A lo que yo respondo: –Mire, acabo de viajar 18 horas en un avión de su país que casi me mata por negligencia de la misma compañía, llego al aeropuerto y me detienen por ser un presunto traficante de drogas cuando no lo soy, estuve una hora y media sometido a interrogatorios, investigación y ¡usted me hace estas preguntas? –Bueno, bueno, está bien –me dice la controladora élite de inmigración calmando los humos. Me sella en pasaporte y mira hacia delante, como si no tuviera más ganas de verme. Le digo gracias, recojo mis cosas y me voy.

Luego mientras iba hacia el stand de Alitalia sentía como mi estómago se comprimía al tamaño de una nuez. No existía alivio alguno, quería dejar ya Italia, no quería saber más nada, me sentía asqueado y todavía tengo que pasar a por mi viaje a Barcelona. Creo que mi vuelo a Barcelona había salido ya hace como 5 horas. Eran las 4 y media de la tarde cuando me acerco al stand y gestiono mi próximo vuelo. El próximo vuelo es a las 8 de la noche –me decía el empleado de Alitalia con cara de sopor. Me da un cheque con dinero para comer en el aeropuerto y un asiento en clase business. Eso me pareció el gesto más humano que había recibido en las últimas 20 horas.

Luego de 24 horas de trayecto piso suelo catalán, no podía estar más emocionado. En el aeropuerto había un ambiente de buen rollo, sin estar asediado de controles y posibles fuerzas armadas, al fin y al cabo no hace falta tanta presión policial.

Llego a casa y me meto en la ducha, el agua que caía en la cara era un regalo de Dios. Mis músculos comenzaron a aflojarse y mis nervios no podían estar en mejor estado. Me pongo la bata y me quedo desmayado mirando la tele.


Aquí termina el relato y, es hasta el día que hoy que cada vez que piso un aeropuerto no paro de estresarme. No me estreso porque llevo cosas que son peligrosas, me estreso por el sólo hecho de que tu integridad pasa por el estado de ánimo de un policía, que deja pasar a 4 o 5 indiferentemente y a ti justo te tocaba hoy me cabrea a niveles estresantes. Me cabrea que me tilden de posible, me cabrea que no existan métodos o mejores tratos para todos, creo que, no está mal controlar, pero abusar con la autoridad no mola. Los controles son extremadamente idiotas, precarios y super arcaicos. No puede ser que estando en el año 2000 existan estos métodos de seguridad. El otro día, en la cadena 5 o 6 pasaban un documental hecho por periodistas que pasaban con navajas y hasta una réplica de armas por los aeropuertos, lo que indica que no sólo el método es cavernario sino que también no es lo más preciso y saludables para todos.

Ojalá nadie pase por lo que he pasado yo, te puede tocar en cualquier aeropuerto, local o internacional, dentro o fuera de Europa y lo peor de todo, a merced de gente que tiene como método de vida llevar un arma y demostrar que es la autoridad.

¿Ha pasado por alguna situación igual?


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